sábado, 22 de septiembre de 2007

EMOTIONAL HARDCORE

VIAJE DE INVIERNO

Wilhelm Müller

Acantilado. Barcelona. Septiembre de 2003. 79 pp.

No hay nada nuevo bajo el sol, ya se sabe desde tiempos pasados a los bíblicos.

Algunos académicos arriesgados, cercanos al abismo de la locura, apuntan a que Arthur Rimbaud puede ser considerado, por su lucidez catártica, un exponente de la cultura punk. William Blake, siguiendo por esa senda, cabe dentro del universo más oscuro del metal, lo mismo que (nuestro) J. A. Silva, el suicida. Sobre Goethe en cambio, podría hacerse un capítulo aparte en su feroz colaboración para con el género satánico. Y así los ejemplos cundirían, y todo se transformaría en una lista de mapas casuísticos.

Sospecho que el dolor, la tristeza y de alguna forma el rechazo, para no hablar de la incomprensión, han estado presentes en la historia del sentimiento humano desde que se tuvo conciencia de estar vivo en una rápida y furiosa carrera hacia la muerte.

Siguiendo este orden de cosas, y tratando de redondear la idea para acercarnos lo máximo posible a la obra que (hoy) nos convoca, ¿en qué momento empezó a hablarse de hardcore emocional?

Si nos hemos de atener a las coordenadas estrictamente musicales, y si el mundo es un poco justo, el punto que buscamos ha de llevarnos a la segunda mitad de la década de los 80, en aquel paraíso cultural, suerte de mundo paralelo, llamado Washington D.C. Aunque, tal como sucede con casi todas las cosas maravillosas de este planeta (¿de arena?), nada se sabe con precisión acerca de qué, cómo, cuando o dónde.

El emo, el hardcore, el punk, Rimbaud, Blake, el Romanticismo…una parte de la respuesta se halla ahí, en la historia de cada una de las preguntas.

¿Pero la esencia?

¿Estamos capacitados para albergarla? ¿Para soportar la luz que emana de sus cofres custodiados fervientemente una vez que los logremos abrir?

La historia que está detrás de este “Viaje de invierno” es hermosa, y empieza, quizás, con un robo.

Franz Schubert, el compositor austriaco, en medio de una carrera desesperada por lograr el reconocimiento, se ve atrapado por los favores que ha de hacer a los condes, siendo llamado por el Señor Randhartinger, secretario del conde Seczenyi para sus requerimientos composicionales.

Schubert, en palabras de Justo Navarro, “era un desmesurado lector de poemas, atento a todos los poetas de su época, ya que lo incitaban a descubrir posibilidades musicales”.

La anécdota dice que cuando Schubert entró al palacio a comparecer, Randhartinger tuvo que ausentarse de improviso, dejando al austriaco, en medio de la habitación, a la buena de dios.

Sin saber muy bien qué hacer, Schubert llega, tras merodear por aquí y por allí, a un libro titulado “La Bella Molinera” de un tal Wilhelm Müller, y tras empezar a leerlo, absorto, debe salir de allí, sin darse cuenta apenas de lo que hacía, embelesado por el ritmo que ha hallado, y con la acusación, además, de ladrón por parte del secretario del conde.

Schubert, enfermo de sífilis y cansado de una pelea infinita por ser aceptado, en un estado casi de Gracia, empieza a escribir la música para esas canciones que están solamente habitadas, hasta ese instante, por la palabra. El resultado, no sobra decirlo, sería reconocido mucho después de la muerte del músico como las lieder paradigmáticas, es decir, el ejemplo base de esa expresión poético-musical de la aventura llamada Romanticismo.

Müller, 1794-1827, nacido en Dessau, perteneció a la Sociedad Berlinesa para la lengua Alemana y a la Academia Berlinesa de las Ciencias, trabajó como bibliotecario y logró publicar una serie de libros bellos de poemas que, debido a su tosca y aguerrida modestia, casi pasan desapercibidos. Pero cuando de alcanzar la comunión se trata, el sistema empleado por el destino resulta tenazmente infalible.

“Escribir poemas es parte de una conversación infinita”, dice Navarro.

Algunos años más tarde, quizás décadas o siglos, en un diálogo ambientado con los poemas de Müller musicalizados por Schubert, el argentino del oído sensibilísimo, Andrés Neuman, descubre que debe indagar por el significado que transmiten tan delicadas piezas. Es decir, Neuman desanda el camino, algo que referido a una temática totalmente diferente, lo cuenta en aquel texto suyo llamado “La traducción”.

El resultado es “Viaje de invierno”, una de las secciones de “La Bella Molinera”, que a su vez –especie de muñeca rusa que Neuman utiliza en otros apartes en su obra personal- forma parte de “Poemas Póstumos De Un Cornista Errante”, una serie de poemas que narran la travesía de un desdichado, pero cruelmente simpático individuo que sale de su casa –antes de que lo expulsaran- a buscar su lugar en el mundo, sirviendo como una suerte de diario o crónica.

Neuman, filólogo, en la “Noticia sobre el texto y las versiones”, expone las características principales o básicas de la esencia romántica, a modo de ejemplo perfecto de la obra de Müller: sucede tanto en la ciudad como en el campo, se mezcla lo culto con lo popular, se apela al ingenio racional y a las visiones, hay tanto lirismo como ciertos ecos narrativos, y lo ideal puede mutar a lo escéptico.

Müller alcanza a recorrer, sin haberlo vivido, casi todo el siglo XIX, dando paso a la figura del simbolismo que, si nos atenemos a las comparaciones musicales, evocaría la figura de los Góticos, algo de lo cual, por el momento, no hemos de abordar.

Y como ya va siendo (casi) momento de cerrar estas puertas, entramos a esa paciente figura que es la conversación silenciosa con la obra en sí, dejando todo lo escrito anteriormente como una especie de introducción maníaca.

¿Qué es un emo?

Alguien fatal y doliente, es cierto, pero también alguien que apela a la ironía y a lo coloquial para quitarse un poco del peso al que se someten por voluntad propia. Y eso en esencia, es un Romántico.

¿De dónde surgió el Romanticismo?

De la furiosa respuesta contra el Racionalismo y el neoclasicismo, apelando al retorno de los sentimientos como causa, como bandera elevada bien alta.

Ambos, desde esa manifiesta liberación por el sentimiento, logran alterar ciertos senderos que, vistos desde afuera, asumirían la categoría de rebeldes.

Quizás, los peregrinos de ambos movimientos intuyen aquello que se avecina: “Ahora el mundo oscurece/y es de nieve el camino”, dice Müller en “Buenas Noches”.

El camino que se traza y se empieza, acaso sin saber a dónde se llegará, también es la búsqueda del lugar donde se reposará el anhelo.

Se detiene frente a lo misterioso: “Las flores están muertas/y el prado palidece”.

Huye, también, de ese colono atroz y mágico: “Ama el amor errar/- así nos hizo Dios-/y pasa de uno a otro…/¡Buenas noches, amada!”.

Y su mejor amigo, entonces, es su más cercano compañero: “El correo no te ha traído carta:/¿por qué te has inquietado extrañamente,/corazón mío?”; “Corazón, ¿no devuelve/tu imagen este río?/¿No se esconde un torrente/bajo tu piel de frío?” o “Mi corazón divisa/su retrato en el cielo/-¡es tan sólo el invierno,/frío invierno salvaje!”.

Acude a los manifiestos que, curiosamente, siglos después servirán de iluminadores: “la oscuridad me hará sentir más vivo” y termina, más ayudado por sí mismo, junto a un organillero al que el pueblo rechaza sin compasión: “¿querrás seguir mi canto/al son de tu organillo?”.

Algunos momentos no son menos que sugestivamente hermosos, contados a manera sencilla: le indica a la nieve que siga a sus lágrimas una vez empiece la primavera, para que sepan desaparecer a buen recaudo.

“Dolor e incertidumbre son las constantes de esta obra”, dice su traductor, quien de los versos yámbicos los transforma a heptasílabos, para que conserven su esencia musical.

Y retomando la idea de esta reseña, terminaré con tres ejemplos de la referencialidad romántica vs la expuesta en los primeros indicios del emo, más un bonus de una actualidad colombiana, así que aquí van:

LÁGRIMAS HELADAS (W. Müller)

Por mis mejillas, gotas

resbalan congeladas:

¿cómo no me di cuenta

antes de que lloraba?

Ah, lágrimas, mis lágrimas,

¿no alcanzáis ningún fuego?

¿Cómo el rocío al alba

os convertís en hielo?

De un corazón ardiente,

sin embargo, brotáis

¡cómo para fundir

todo el hielo invernal!


IN SILENCE/WORDS AWAY (G. Picciotto, E. Janney, M. Fellows, B. Canty)

Sometimes it's not the giving
When what's given is gone and for free
But in taking what it took from me
And I'm not living
In someone else's eyes I am lived
Recreated in expectation so once again I'm missed
And left

Far, far away from you

The only way out is through myself to you
With words that do no justice but what have I left to use?
Because I can't stand this silence, it speaks too loud for me
A song that fails and fails me once again denied release
And left

Words, words away from you
From where my heart wants to be

Is there a beauty in promises broken?

MÁS QUE MIL PALABRAS (Ó. de Castro, D. Rugeles, C. Suescún, C. Cataño, R. Mariño)

No importa la soledad

ni las veces que constaste estrellas

finalmente alcanzaste un lugar

donde nadie te podrá alcanzar

Tantas cosas que dan vuelta

en mi cabeza

y no puedo entender

tu silencio…hoy me enseña a captar…todo tu esplendor

tu silencio…hoy me lleva a captar…todo tu esplendor

Tal vez el silencio no fue suficiente razón

para calmar la explosión que provocó tu interior

Tal vez la vida…no es tan vacía

no es tan sencilla…como parece ser

Hazme brotar

todo el veneno

Hazme brotar todo el dolor

que llevo dentro de mí.

1 comentario:

xlacoloniax dijo...

Publicado originalmente en "El Cotidiano", en la columna "Lector Ritual"