sábado, 15 de septiembre de 2007

"¿Te acuerdas de ese viento lento, dulce aura,/de canciones y rosas en un país de aromas,/te acuerdas de esos viajes bordeados de fábulas?"

ESTUDIOS CRÍTICOS SOBRE LA NOVELA COLOMBIANA (1990-2004)
Álvaro Pineda Botero
Fondo Editorial Universidad EAFIT. Medellín. Agosto de 2005. 417 pp.

Existen, por lo menos, cuatro maneras de abordar este libro.

El primero, siguiendo ese instinto lectúrico, es atravesarlo de la forma tradicional, desde la primera hasta la última página, atendiendo el orden cronológico que Pineda Botero propone.

El segundo, desde un punto de vista académico o de alto perfil cultural, es ir comparando las lecturas hechas desde algún resquicio espacio-temporal, con la visión que el antioqueño dicta.

El tercero, a lo sumo el aventurero, es usarlo como guía para atreverse a entrar a esa zona terriblemente desconocida que es la Lit. Col., escogiendo uno que otro título para leerlo o tal vez para saber de qué va la historia que se ha planeado detrás del título y poder hablar en alguna reunión sobre él.

El cuarto, el más esquizo de todos, es leerlo como si de un oráculo se tratara, para alcanzar alguna razón escondida en el tiempo y llegar hasta ella a partir del azar.

“Estudios críticos sobre la novela colombiana (1990-2004)”, curiosamente el único que no tiene un título que agrupe a ésta década y media, completa la trilogía que el maestro Pineda viene trabajando desde 1999, con los nombres: “La fábula y el desastre-estudios críticos sobre la novela colombiana, 1650-1931” (1999) y “Juicios de residencia. Novela colombiana, 1934-1985” (2001), una aproximación, de la forma más completa posible a esa suerte de abismo insondable que es la narrativa colombiana.

¿Pero cuál es la importancia de este trabajo?

La primera razón, obviamente, es el mapa más convincente que se pueda hallar en torno a las más recientes publicaciones hechas en Colombia; la segunda, y a muchos metros de distancia, es la invitación a seguir o a llevar a cabo ese mapa en una época en que cada vez es más lejana la intención de adentrarse en el capítulo colombiano de la narrativa dentro de una Historia que, si bien avanza a una velocidad cercana a la del Big Bang, ofrece una infinitud de distracciones desde todos los puntos cardinales como para perder el tiempo mirándonos el ombligo en un arte que está bastante rezagado con respecto a los últimos gritos extraídos desde las lecturas sudafricanas, inglesas o norteamericanas de última generación que, para cuando haya terminado el artículo, serán las penúltimas.

Una vez cruzada la puerta oscura que detiene la avalancha de 60 títulos: el primero es “Amirbar” (Santillana, 1990), de Álvaro Mutis, y la última “Delirio” (Alfaguara, 2004), de Laura Restrepo, se encuentra una serie de curiosidades dignas de habitar, sea cual sea la razón que se persiga.

A veces reconocerse colombiano resulta pecaminoso o incómodo en estas épocas avanzadas en las que cualquier asomo de identificación merece la desaparición forzada.

Aunque nunca había estado separado de los actos culturales de mi país: El Magazín Dominical, de El Espectador, “Opio en las nubes”, “Un beso de Dick”, MasaCre y 1280 Almas, fue con la agrupación bogotana Ultrágeno y su eco “¡Colombia pilas!” que empecé a darme cuenta de mi condición nacional y de que hiciera lo que hiciera, nunca jamás podría llegar a escapar de ella. Así que opté por adentrarme en el capítulo literario colombiano, lo más cercano a mi naturaleza, adoptando las ya conocidas ventajas que ella trae: libros, letras, búsquedas, reseñas: una suerte de onanismo aceptado a medias por la ligera sociedad que nos rodea –y nos mantiene-.

Años más tarde, con todos los instrumentos de navegación rotos por la furia, algo me impide abandonar el mar al cual fui a parar gracias a un naufragio que jamás sucedió.

Una vez puestas las cartas sobre la mesa, la pegunta apunta hacia esa palabra que cada vez cobra mayor importancia por su inutilidad: ¿existe la más mínima posibilidad de ver una obra de este libro instaurada dentro del canon colombiano? No. Y no lo es, simplemente porque las condiciones sociales para que una patria lea están tan prohibidas en este rincón (moribundo) del Sagrado Corazón, que queda –para las instituciones oficiales- mucho más fácil expeler homenajes a los moribundos patriarcas de una era antepasada, que tratar de avanzar en medio de la maraña de códices televisivos y cultura farándula que nos rodea.

Pero quizás, sencillamente, sea un indicio de que para obtener ese canon colombiano la obra debe ser de tal envergadura, profundidad y cercanía, que se me antoja que lo más cercano, en década, a un fenómeno extra-literario dentro de nuestra narrativa ha sido “El olvido que seremos” (Planeta, 2006) del antioqueño Abad Faciolince, aquí nombrado (revisado) con dos de sus novelas: la premiada por narrativa innovadora “Basura” (Lenguadetrapo, 2000) y la de pico alto “Angosta” (Seix Barral, 2003).

Si muchos años después de que la profesora Luz Mary Giraldo me llevara a preguntarme sobre la importancia de un nuevo canon colombiano y cuando justo creía que ya todo ello había quedado atrás, es muy diciente que donde hubo fuego…y todo parece haber empezado de nuevo, aunque, lo intuyo, con un mayor poder de mi parte.

II.

Cuando Juan Gabriel Vásquez publicó “Historia Secreta de Costaguana” (Alfaguara, 2007), ocasionó una doble polvareda: traía a colación un siniestro capítulo de la vida colombiana de inicios del siglo XX, y con un ensayo suyo, proponía la lectura de “Cien años de soledad” desde un punto de vista histórico y no realista mágico.

La pregunta que surgió, de las pocas que se formularon a raíz del resultado, fue si existía un resurgimiento de la novela histórica colombiana, a la que respondieron con pocas dudas, con pocos aciertos, con muchas dubitaciones y con una ligera inclinación al “no sabe/no responde”.

Pues bien, y aunque a veces los árboles no dejan ver el bosque, una lectura del tercer tomo crítico de Pineda Botero nos muestra que una tercera parte de las 60 novelas, un poquísimo más de hecho, son recreaciones históricas de alguna u otra manera, a saber: desde algunas miradas retro a la década de los 70 una vez cruzado el siglo XXI, a la reconstrucción de la tribu Tairona muchas décadas antes de la conquista.

Otro de los beneficios de este tomo y que si alguien se hubiera detenido a leer con delectación hubiese podido responder con suma eficiencia que la novela de Vásquez no hace más que seguir una hondísima tradición literaria colombiana que poco o nada tiene para hacer frente a la poderosa inmediatez nacional. De hecho, y siguiendo con Vásquez –véase “Los Informantes” (Alfaguara, 2004)-, “Débora Cruel” (Plaza y Janés, 1990) de Illán Bacca, indaga sobre los costeños que actuaron a favor de los nazis en los años de la segunda guerra, en Colombia, por ejemplo.

Pero las estadísticas continúan:

Planeta, con 11 títulos, es la editorial que más representantes tiene, seguido por Alfaguara con 6 –cuyo primer título aparece en la segunda mitad de la década de los 90-, para dar paso, con 5, al fondo universitario EAFIT, a Norma y a Plaza y Janés, lo que muestra que los asuntos editoriales no pasan de ser meros aditivos al momento de indagar académicamente algo serio.

Y las preguntas siguen: ¿qué sucedió con esas editoriales de la primera mitad de 1990? Claro, no es la competencia nuestra, no es éste el espacio y la respuesta apunta a la falta de recursos económicos para llevar a cabo el proceso editorial, y sin embargo siguen existiendo casas que apuestan a la creación literaria colombiana.

¿Para qué se escribe? ¿Para quién se escribe?...¡¿Por qué se escribe?!!!!!!!

La mayoría de escritores son bogotanos, con 9 representantes, y medellinenses, con la misma cantidad, aunque podría aumentar, puesto que algunos autores son tildados de antioqueños. Claro, Pineda Botero es de Medellín (1942) y la facilidad con que se mueve por el departamento sirve para que de a conocer a los personajes destacados dentro de su geografía. ¿Pero qué sucede con el resto del país que es todo?

III.

La técnica de Pineda Botero es la de un reseñista riguroso al extremo: pone todos los elementos que componen cada una de las obras, introduciendo su experiencia como académico: “El punto de vista homodiegético intradiegético ( el narrador no sólo participa en los hechos sino que penetra en la conciencia de otros personajes con el uso de diálogos(..)” o “El género novela es el más poético de los géneros literarios. Evoluciona al ritmo de las sociedades y con frecuencia anticipa los cambios.” Para, sospecho, al final el lector extraer lo más valioso de las 417 páginas que conforman el tomo, incluyendo una lista en orden alfabético de todas las novelas –o la mayoría de ellas- publicadas desde 1650 hasta la fecha de edición del libro (72 páginas en total) siendo, en mi caso, algo fundamental y necesario, aparte de los autores valiosos para repasar: el Maestro Espinosa, vallejo, Perozzo, González, Moreno-Durán y Parra Sandoval y para revisar: Salazar, Rosero, Castro García, Treviño, Ardila y Rodríguez, por ejemplo.

Las horas de sueño disminuirán, y el plan para absorber la mayor cantidad de información será doblegada al regresar a este amplio, y sí, poco frecuentada Sala de Lectura titulada, sencillamente, Lit. Col.

PD:

Tres puntos iniciales:

1) Cantata para delinquir (1991), de Álvaro Gómez Monedero

2) Ceremonia Culta (1993), de Germán Silva Pavón

3) La ciudad de todos los adioses (2001), de César Alzate Vargas

1 comentario:

xlacoloniax dijo...

Publicado originalmente en "El Cotidiano", en la columna "Lector Ritual"