sábado, 6 de marzo de 2010

REALISMO MÁGICO

UN DÍA MAÍZ
Mery Yolanda Sánchez
Editorial Universidad Externado de Colombia. Bogotá. Febrero de 2010. 73 pp.

Álvaro Marín, en el prólogo de “Dios sobra, estorba” (Universidad Nacional, 2006) se queja burlándose de los comentarios acaecidos frente a la obra en cuestión, tras ser rechazada en un Premio Nacional de Poesía. “Surrealismo que no dice nada”, dice que dijeron. El comentarista concluye con la máxima de que se lee lo que se quiere, por lo que se llegan a las conclusiones personalísimas de rigor.
Frente a los comentarios otorgados a las obras escritas, afortunadamente, no hay nada escrito, por lo que cualquiera puede decir lo que se le dé la gana, sobre todo cuando se es jurado de un concurso.
Pero tomando el punto quisquilloso de que la obra de Sánchez no dice nada, simplemente es un despropósito, y refleja, o bien una pésima lectura del manuscrito en cuestión, o una abulia descarada frente a las propuestas que indicaban claramente una dirección contraria a la escogida para ser declarada ganadora.
Quizás, soportando difusas escaramuzas hipotéticas, el golpe poético dado por la tolimense al anónimo jurado fue de tal magnitud que prefirió hacer callar a la causante del hematoma.
La poesía de Mery Yolanda, cuyo primer libro “La ciudad que me habita” data de 1989, es cruel, seca, dolorosa y pecaminosamente directa. Tan frentera, que sus palabras no solamente pasan por encima del lector sino que hieren, a propósito, con las microscópicas garras urticantes que las adornan, cerrando cualquier intento de no diálogo.
Mucho más allá de las apologías metafóricas de Roca, de las desinclusiones de Alvarado Tenorio, del dolor ausente de Charry Lara, lo de Sánchez es una desincriptación de una agónica realidad que, solamente refiriéndonos a su obra, data de 21 años ha.
Contenida verbalmente, cruza fronteras del tipo desplazados, abuso familiar, violaciones, paranoia, criticismo, embates de todos los flancos armados, terrorismo, violencia estatal, lentitud de un país atrapado en el páramo emocional.
Sin mucha necesidad de la belleza que aparentemente exige el género, recuerda esos cantos épicos de antaño en los que no había otra forma de comentar la belleza del delirio de la guerra.
Puesto que su poesía nos recuerda en qué país vivimos, qué estado atravesamos, cuáles necesidades no se pueden negar, y cuáles otras compartir sin que por ello nos multen o mutilen, que viene siendo lo mismo.
Pretender negar la poesía con la palabra, es síntoma de locura; incongruencia vital que llevará irrevocablemente al sinsentido propio, es decir, ausencia de toda conexión con el ámbito cercano.
Después, posiblemente, se tropiece con el dolor real.
Y luego, la vacilante barbarie en exposición constante.

1 comentario:

xlacoloniax dijo...

Publicado originalmente en "El Cotidiano", en la columna "Lector Ritual