ORÁCULO
Álvaro Bisama
Seix Barral. Bogotá. Octubre de 2025. 366 pp
y de cómo estábamos llenos de
heridas y cicatrices abiertas
Dedicada a Gabriela
Me tardo. Me vanaglorio de tomarme el tiempo a medida que transcurren los días. Absorto. En una clase muy distinta de inmersión. Dedicado a tratar de respirar en los resquicios que permite la lectura. Oh. Ese mapa. Seguirlo para perderse. Seguirlo para ser engullido en él. Seguirlo para no saber o no querer escapar de esa terrible narración que suelta sus esporas y abruma toda codicia posible de claridad. Esta uno ahí entre un juego simultáneo de plataformas espacio temporales de las que se puede diseccionar cada persona al leer. Al acercarse. Al dejarse tentar. Dividirse en las situaciones expuestas. Carcomerse por un presente inexistente. Imposible de cesar en el avance anacrónico de un tiempo que a la vez deja su bombardeo en cada retícula de un cuerpo que a medida que (se) lee va envejeciendo. La obra no. La sombra al parecer sí. Una carrera dentro de la Historia que no se pudo jamás contar. Aguarda quieta a su presa (lectora) para que ataque y nazca diseminándose de una persona en persona. No reinventándola. Puesto que todo cambia a la postre. La novedad que va expandiéndose como boca abierta de tanto presente. La crisis del momento que reclama su delirio para sí. Explicando cada posibilidad como un turno en ruleta de la verdad. Una escritura que permite ese viaje desordenado -agujero de gusano teórico - cubierto de la misma sustancia de los sueños. Adaptar la realidad desde ese horizonte que no de otra manera es un espejismo. La esencia en disolución. Es también una novela de persecución a través de los siglos. Desde la quietud de la investigación y del hallazgo de lo secreto. Es también una zona de recuerdo de una saga extensa de pelis de ciencia ficción que va detallando la magia de la pantalla incrustándola en una reinvención absoluta de una nueva capa de imaginación delicada y verídica en cada situación proba de cada vida asomada a un habitáculo que se sustrae del vacío mismo. Es sentir que tras cada página se despliega el mapa de palabras para así tener que seguir arrastrando la trama hasta llegar al punto en el que se vive y se lee. Es una imaginación tan dulce y poética y especial y bella a partir del dolor que arrastra la historia de la herida como símil de ardor en el país precipitado como objeto de turno. La escritura le pareció una criatura viva avanzando por el tiempo. Un archivo invisible de referencias que sólo él podía ver desplegándose. Puros datos contradictorios que apoyaban más datos contradictorios que más tarde la geografía se encargaría de desmentir, volviéndolos difusos de nuevo. Seguía las tramas sin que me importara lo que sucediese. Los detalles lo invadían por completo, el relato ya no cabía en su escritura. Hasta ahí doy. Esa creo que es la clave. La condición para asumir este viaje lectúrico es de semejante envergadura que se ha de preparar como si se tratase de un asunto de peregrinación. ¿Para qué? ¿Quién? Diría para una forma de descubrimiento de resistencia de sabiduría que bajo el efecto de un ácido natural se obtiene como condimento fúngico. Y todo es como tan serio. Bisama lo hace de nuevo como tan neutral. Y luego de la escasa recuperación transcurrido casi un mes desde la primera lectura. Esa sensación que duele en alguien que pudo quedarse en la membrana del lado antiguo. Ella. Gabriela. Y para ella van esos mensajes de la misma obra: Aún sentía una especie de vacío, un eco triste en el lugar donde alguna vez residió el deseo. Envío señales para que la dejaran en paz. Empezó a habitar un olvido feliz en la lejanía. Con sus libros y su soledad. Que me recuerda la compañía de Sebald. Y me cuestiona sobre la influencia de Pynchon. Y hasta aquí puedo llegar en este turno al bate
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