sábado, 10 de mayo de 2008

PRODUCTO TRANSGEN(ÉR)ICO

MORTAJAS CRUZADAS

Lina María Pérez

Seix Barral. Bogotá. Abril de 2008. 233 pp.

“No se trata de buscar temas originales. No existen. Escribimos siempre sobre lo mismo. A estas alturas puedes arriesgarte, hacer una propuesta estética sobre el amor y la muerte. No vayas a salir con una novelita pendeja con disparos, sangre, semen y coca.”

Plutarco Valencia le dice ese pequeñísimo manifiesto en contra del Realismo Sucio a Adolfo Valdivia, el protagonista de la primera novela de la cuentista Lina María Pérez, quien –tras abultadas sospechas por cambiar de género- da en el blanco en un juego presentual que ha dejado muchas manchas biches sobre el tablero de las propuestas inauditas de los escritores más jóvenes que se asoman a los paredones blancos y desnudos de la creación, con pocos ambages y sí muchos temores.

Quizás la clave de todo esté en la palabra “estética”, lo que haría que una clase diferente de novela se tenga al frente, “honrada y creíble”, y eso para los tiempos que transcurren, es bastante valioso, por no decir demasiado valioso.

Dos personajes son los ejes de la novela, el ya citado Valdivia –uno más a agregar a la lista de escritores mediocres que pueblan el mundo perezgaviriano: Julio Malaver en “El bello durmiente”, o el endeble concursante de “Bolero para una noche de tango”- y Oliviana Tascón, estudiante de antropología que entra a la vida de Adolfo para servirle de asistente en velorios para capturar aspectos fundamentales del rito de muerte que se maneja en Colombia -pretexto para escribir su nueva novela- y es, también, la encargada de hacer el crucigrama para el periódico El Espejo, elemento que Lina María utiliza no solo para metaforizar algunos momentos de la novela: “Aprendí que la vida es un cruce de vocablos, de ideas, de emociones, de nombres, de recuerdos”, “Me obsesionaba el crucigrama interior con su carga de sospecha: ventana horizontal, toalla vertical; desconcierto horizontal, decepción vertical”, “Cuatro letras horizontales: huir. Es fácil enjuagar la taza del desayuno y cerrar la puerta. Siete letras verticales: quietud. Lo difícil es quedarse y soportar las zancadillas de la realidad inmediata(..)”, sino que estructura la novela a partir de la solución de un crucigrama, haciendo que cada uno de los pequeñísimos capítulos sea una forma de resolución del lado de allá –de la escritora-, aprovechando al lector para que se vaya formando el cuadrado de cuadraditos blancos y negros dentro de su cabeza. Lo que hace un fractal de una novela que a su vez es un fractal, o en otra clase de términos, una novela matrioska, en la que Lina María encarnaría la primera línea como autora real, Adolfo Valdivia la segunda como protagonista de la novela, Humberto Pantoja la tercera como protagonista de la novela que escribe Valdivia, y en algún momento una cuarta línea cuando Pantoja anuncia, por increíble que parezca, una novela dentro de la historia que va contando con la prisa de la emoción.

Y vaya que el resultado no sólo es atractivo sino que encarna una especie de riesgo que se agradece puesto que no sólo rompe con las premisas que se ven frecuentemente en la Lit. Col. hoy en día, sino que entrega una serie de reposadas respuestas en torno a la acumulación de pretensiones afanosas que aparentemente se deben coagular para formar parte de una ecuación.

Considerada una mujer (de novela) negra, ganadora del Juan Rulfo modalidad Semana Negra en 1999, las palabras que se cierran dentro de dicho género, son para atender: “defiendo la narrativa negra como una manera de cuestionar la ética del hombre ante sí mismo y ante lo social” y “me pregunté si un escritor de novelas negras tendría la sabiduría para escarbar otras realidades”. Y la respuesta es sí, aunque la realidad colombiana le diría no.

“Nunca había escrito con tanto apasionamiento” se escucha decir al final de la obra.

La propuesta estética que se planteaba al inicio, alejada de los rasgos comunes, poco a poco empieza a, naturalmente, fallar. Como si fuera imposible desatender lo que sucede en una cotidianidad que se debe arriesgar, diariamente, a cruzar para llegar a alguna de las tantas únicas orillas a las que finalmente atendemos el llamado como colombianos.

Una amenaza por aquí, una mentira por allá.

Y atando todo, como una callada mortaja, esta el deseo o la incógnita, el amor o el anhelo que, como en las películas, termina ganando, así sea en medio del silencio doloroso por alguna pérdida, casi cualquiera.

Lina María se demuestra una escritora madura y con algo para decir de forma interesante, sugerente y atrevida. El riesgo antes que nada. Y lo hace de forma casi aparte a lo últimamente leído por parte de escritores con ciertos dejos de juventud o con cierto tufillo de disonancia experiencial. Por lo que no me queda más que hacer la pregunta: ¿Vale la pena seguir atendiendo ese slogan de Joven Escritor?

Goethe era un joven viejo, y Vásquez parece un viejo joven, pero entre los dos no pesa más que una manera –o estilo- significativo que se encarga de velar por el desarrollo de la obra. Es decir, el espíritu impregnado dentro de aquello que se va construyendo lentamente y con la calma que da el oficio.

Aquí ya no se puede hablar de edades o tendencias generacionales. Aquí se debe hablar simplemente de resultados. Máxime cuando son buenos. Y aportan algo a la contemporaneidad.

Alguna vez Jordi Bianciotto dijo que la calma también podía ser considerada bella. Lo decía en una época en la que la velocidad apartaba a la ternura del camino y era poco o casi nada lo que se podía disfrutar puesto que el recorrido se creía próximo a su fin en la siguiente curva.

“Mortajas cruzadas” es algo así. Es para una clase diferente de asombro, de lectura, de gozo; porque la complicidad que Lina María le aporta en cada uno de los 126 capítulos hace al lector un activista de eso que se debe llamar amor, porque eso es la lectura, una relación que se va confinando al infinito de cada uno sin ningún tipo de regla, excepto, la de la pureza.

Así que no me queda más que despedirme por hoy y tener la dicha inmensa de creer en alguien, en algo, en eso que descansa en un lugar privilegiado de mi biblioteca y que, como en el amor, puedo acercarme en cualquier momento, con el ingrediente que Lina María siembra dentro de su literatura: la complicidad.

1 comentario:

xlacoloniax dijo...

Publicado originalmente en "El Cotidiano", en la columna "Lector Ritual"