jueves, 13 de mayo de 2010

“DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO”

EL ARTE DE LA DISTORSIÓN

Juan Gabriel Vásquez

Alfaguara. Bogotá. Mayo de 2009. 228 pp.


Esto es gracioso. Escribo esto en 2010, a unas pocas semanas de empezar el mundial de Sudáfrica, y a pocos días de que la Federación Colombiana de Fútbol escogiera por tercera o cuarta vez al Bolillo Gómez como DT. ¿La excusa? Un técnico extranjero tardaría mucho tiempo en entender la naturaleza colombiana y se perderían años valiosos para la selección nacional. No puedo escribir muy bien de la risa. Lo irónico, ahora de nuevo con Bolillo gobernado por Maturana como cuarto DT –a la sombra, sin voz pero con voto- es que defraudó tras la debacle mundialista de 1998. Y si hubiesen escogido desde finales del siglo XX a un entrenador extranjero, ¿no se podría soñar con que tras dos mundiales alejados -2002 y 2006-, hubiéramos coronado éste? Lo más patético es que al técnico que echaron por bajos resultados, lo contrató una selección centroamericana que clasificó. ¡Clasificó al Mundial! Les recuerdo; estamos en Colombia, tierra linda, llena de virtudes, poseedora de un encanto encantador. Colombia tierra de locos, país inmoral, cantaban por ahí.

En fin.

Esto como que debe ser un ligero comentario de un libro.

Reseña le llaman más allá.

Crítica, los más audaces.

Por lo pronto, y aprovechando que no hay nadie en casa, a lo que vinimos : (


La pregunta la había formulado en nuestra última cita y la repito: ¿Es obligación publicar libros?

La respuesta, según el paisaje que nos muestra nuestra realidad literaria es sí: sin importar cómo o por qué.

Mal editados o mal revisados –como sucede en este caso-, o novelas y ahora esas conferencias escritas de afán, o esas reseñas no pedidas, o esos perfiles de aniversarios o natalicios o de gente que pronto morirá, o intervenciones invitadas vaya a saber por qué, o prólogos o epílogos, memorias o recuerdos tempranos, o críticas a la autoayuda basadas en la autoexperiencia a bordo de un avión, o lo que sea, jueputa, porque lo que vale es publicar sin un rasero, aprovechando –porque es que hay que dejar las cosas claras: si a un autor le publican este libro tan soso es porque es un autor marca, ¿cuál? pregúntenle a la puta editorial, pregúntenle al mismo escritor si es que es capaz de dar la cara, pregúntenle a escritores menos conocidos con ideas más valiosas bajo el brazo rechazados por no ser marcas.

Los culpables, aquí, somos todos.


Nadie duda de las bondades naturales de Vásquez frente a la novela, y me atrevería a incluir ahí, en ese paquete, a los cuentos que ha dado a conocer. La gran mayoría de ellos dignos de llamarse como tales.

Y claro, hay que tener en cuenta la confusión a la que ha estado alimentando desde los días previos a B39: sus dos novelas iniciales no existen, la primera, “Persona” (magisterio, 1997) por experimental, aunque atrevida, circular y abyecta. La segunda, “Alina suplicante” (Norma, 1999), por incestuosa y particularmente no desarrollada.

Y nadie duda de los requisitos que él mismo se exige como lector. ¡Por Dios! Haciendo vulgares comparaciones –Uribe/ Uribito-, aquí debería ser Morenito- Durán. Esa clase de escritores que nacen ya viejos y se sientan a dictar cátedra de la cintura para arriba.

Habíamos dicho del toderismo colombiano: tantos años de incapacidades, abulias, prohibiciones y negatividades por parte de los amos, desata una inconfundible práctica que afecta desde a vendedores informales estrato cero que hoy le hacen a las frutas, mañana a los libros piratas y pasado mañana están con agua de coco, y a los de clase alta o dirigente: hoy son políticos o columnistas, y mañana presentadores o comentaristas, deportólogos o cuentistas.

A diferencia de Silva y de Sanín, Vásquez es un pésimo columnista. Esa retahíla doctrinal que se huele cada viernes en El Espectador, frena la sensación que se vive a través de sus novelas. Pero claro, de algo tiene que vivir el autor, y por algo la editorial lo colgó en el periódico nacional, para que la gente no se olvide tarde que temprano, de él.

Algo así sucede con sus ensayos que, ejem, de ensayo tienen poco. El nombre. Y bueno, ese misterio que rodea al género, que por ningún lado aparece en los 17 entuertos con los que nos vuelven a engañar.

Lo repito: conferencias, artículos pedidos y obligados, confesiones, ejercicios para desaburrirse, planeaciones pre y post novela, la furia contra GGM, el amor encoñado por Conrad, Sebald, Fulanito, Zutanito, Perencejo.

Y ya.


Tangen-Mills elogió el libro en la Arcadia de agosto de 2009, mientras que Ana María González descubrió los garrafales errores que hacen del libro un simple ejercicio de palidez editorial. Después Ana López sería la encargada de responderle a la González desde la revista Número (La 63) defendiendo al protohéroe bogotano.

¿Qué sucede si se descubre que no todos esos escritorzuelos son lo que aparentan ser?

Y ahora que la crisis económica hizo cerrar nuevamente las oportunidades, hay que cuidar la gallina que no puede poner huevos, pero gallina al fin y al cabo.

¿Entonces?

¿En qué quedamos?

Supongo que en nada. En lo mismo de siempre. En el vicio estructural que nos aqueja hoy en día, mañana siempre. En un bobo endiosamiento. En un rellenar ausencias a cómo de lugar. En prácticas de toderismo que embarran posibilidades claras y válidas. En echarle mano al Bolillo para salvar una patria que ya no tiene nada. En la confusión cuando se creen el cuento ante la ausencia de alguien que les haga entrar en razón. En la muerte de un generación antes de tiempo. En el miedo a ser capaces de afrontar algo que realmente les exija.

Si quiero leer novelistas ensayistas vivos, ahí están el primo Mejía Rivera y el barrameño Montoya Campuzano, que como Rosero Diago, no tienen mucho aspaviento comercial y saben hacer sus cosas bien porque las hacen con calma.


Vásquez decepciona con su capítulo de ensayos. Ya su mentor ha muerto y parece no saber qué camino tomar.

¿Qué traerá su tercera novela? Es decir, su quinta?

El siguiente tomo de reflexiones de índole histórico homeopático que Alfaguara correrá a publicarle, sin siquiera leerlo –por dios, Vásquez no es Travolta haciendo una escena de baile- y Arcadia se lanzará a elogiarla y en lo posible, a sacar al autor en portada.

Aquí, la verdad, es que se publica pero no se lee.

Es eso.

Puros pastiches, pura mierda que vuela a todas partes, puro provincialismo acatando las normas.

Necesitamos con urgencia de los terroristas literarios.

Una persona bomba que nos vuelva a llevar al abrevadero en el que no cobran por entrar.

Una vida literaria digna, así sea marginal, con hambre, dolor y alguna enfermedad no comercial.


¡Hijos de puta!

2 comentarios:

xlacoloniax dijo...

El arte de la repetición
Por Ana María González.

Fuente: Revista Arcadia


Nadie niega que Juan Gabriel Vásquez sea un ensayista lúcido y sobre todo juicioso; sin embargo, a pesar de la seriedad con la que escribe estos ensayos, El arte de la distorsión no convence del todo.

Vásquez ha escrito varias novelas y constantemente publica artículos en diferentes medios nacionales e internacionales. El arte de la distorsión es una recopilación de ensayos sobre literatura anteriormente publicados que se reúnen en este volumen. Son dieciséis ensayos en total, en los cuales el tema de más de uno son Conrad, García Márquez y El Quijote.

Esa selección, resultado de “varios azares” (así lo dice él mismo en la nota bibliográfica) es más que evidente y allí nace el mayor problema de este libro: la monotonía. Publicar un libro de ensayos escogidos es recomendable cuando el autor es tan buen ensayista que es necesario hacer una selección de lo mejor que ha escrito. En este caso, aunque Vásquez sea buen ensayista, su selección (porque es de él y también lo aclara en la nota bibliográfica) le hace una mala jugada: muchos de los ensayos caen en las mismas ideas, en los mismos argumentos, en las mismas referencias literarias. En esa medida, el editor también es responsable de esa monotonía porque, aunque la selección sea del autor, parece que el editor hizo de testigo silencioso.

Vásquez no solo patina sobre las mismas ideas, sino que además las expresa con el mismo tono. Como dije, casi siempre usa el mismo repertorio de referencias a otros autores: Conrad, Nabokov, Pamuk. Cuando repite la misma idea y cita la misma frase de Piglia en dos ensayos casi seguidos (“el escritor escribe para saber qué es la literatura”) se nota que hay algo mal; suena como a un chiste que le salió bien una vez y lo repite otro día, olvidando que el público es el mismo. Otra vez, falla del editor.

Además de repetitivo también tiene algo de anacrónico. Dice: “Escribir fuera, igual que leer en otras lenguas, es someterse voluntariamente a la hibridación, a la impureza” (pág. 184). Que se someta a la hibridación, bueno, está bien; pero ¿a la impureza? ¿Podemos sostener en estos tiempos que haya purezas e impurezas?
A pesar de los tropiezos, se debe resaltar la importancia que significa publicar un libro de estas características en Colombia. Primero, porque es un libro de ensayos sobre literatura y de eso se ve poco en las librerías. Segundo, porque así el estilo sea bastante plano, está bien escrito. Tercero, porque hay ensayos que tratan sobre autores de los que no se habla casi en los libros editados en Colombia como Philip Roth y W.G. Sebald. Ahora, aunque esto último es rescatable, los ensayos del libro en general tienen poco de novedoso. Que sostenga que la lectura sea un hechizo, o que la novela tiene el poder de modificar la realidad histórica a su servicio; o que la influencia literaria no tiene un carácter territorial, o que el cuento es género de solitarios, no es nada novedoso, más bien todo lo contrario.
Qué grato hubiera sido haber encontrado ensayos nuevos sobre esos autores que tanto admira y que están a lo largo y ancho del libro, como Nabokov (el epígrafe del libro es de él), Pamuk y Naipaul. Pero eso es pedir otro libro.

En últimas, El arte de la distorsión es un libro que hubiera podido ser mejor, pero se quedó en cuartos de final y no clasificó.

xlacoloniax dijo...

T.F.: http://cinosargo.bligoo.com/content/view/604635/El-arte-de-la-repeticion.html

Ó:

http://books.google.com.co/books?id=FGYEAAAAMBAJ&pg=PT26&lpg=PT26&dq=ana+maria+gonzalez+el+arte+de+la+distorsion&source=bl&ots=awmbHWGada&sig=iSwhhdj-1I6G3o1ZOw00Q7AILgY&hl=es&ei=rj8BTNyUBoH48Aat0fT3DQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=1&ved=0CBQQ6AEwAA#v=onepage&q&f=false