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sábado, 2 de febrero de 2008

POINT OF NO RETURN

MELODRAMA

Jorge Franco Ramos

Planeta. Bogotá. Octubre de 2007. 394 pp.

I.

Tras ese cómodo desastre titulado “Paraíso Travel” (Seix-Barral, 2001), Franco Ramos se confiesa incómodo ante el vil resultado y decide arriesgarse a acometer un salto frente a su propia obra, obligándose a una tarea impregnada de madurez. Tras una lucha silenciosa que se extiende durante cuatro años, a principios de 2006 presenta en sociedad la obra que nos convoca el día de hoy. Para ese entonces la versión cinematográfica de “Rosario Tijeras” era un hecho, y se comenzaba a pulir el guión de lo que se conocería como “Paraíso Travel”. Franco, sin embargo, desde un comienzo condujo a “Melodrama” como una obra alejada de las pretensiones para verla en la pantalla grande, a pesar de que su editor ya la prefiguraba como un reto para aquella persona escogida por el destino para acometer la bárbara empresa. Y es que, siendo consecuentes con la obra del paisa, “Melodrama” resulta, realmente, un alejamiento de sus títulos precedentes, y frente a eso, no queda nada más que volver a prestar atención a lo que pueda llegar a realizar el ahora famoso guionista de sus propias colecciones literarias.

II.

Consignado dentro de ese amor fatal que Franco profesa por “Pedro Páramo”, el juego temporal que uno se encuentra es fascinante por lo caótico. Ya no son los capítulos, ya no son los párrafos separados amablemente por vacíos blancos. Aquí la atención se debe prestar a los renglones, cosidos, muchas veces, por esas coincidencias que se hallan en no pocos juegos visuales, es decir, sin ser un elemento original, la lectura se deja acariciar sin prisas.

La historia, para no alargarme, es sobre Vidal, el hijo que Perla concibe con un desconocido la noche de su boda, mientras su esposo yace dormido en la habitación que han alquilado para su Luna de Miel. Vidal, desde chico, quiere irse a París, y gracias a su encandilante belleza no tarda en empezar a recolectar los diferentes medios que se deben tener para tal empresa. Un amante, su primera relación sexual, su trabajo en Baños Turcos, la esposa de un narcotraficante, un lujoso auto, alguna infidelidad prohibida, la huida para salvar su vida, el encanto de la ciudad luz, el deseo que le despierta a un Conde, la herencia, la mancha o señal que confunde con un lunar, la búsqueda de la invisibilidad…

Desde el principio, y es un atractivo método utilizado por el paisa, se ven diálogos entre paréntesis que indican la dirección de un verdadero narrador que va inventando una historia basada en hechos aparentemente reales, lo que sirve para completar algunas de las ideas expuestas por la historia en sí o para culminar caminos abiertos a partir de algunos elementos de difícil coagulación.

Pero quizás lo más interesante, es que vuelve Franco al mismo sitio de donde partió, al documentar lo prohibido y ese otro lado de lo sagrado desde un sentido totalmente literario. El borde de un precipicio inventado por la misma sociedad. La carga impuesta a las personas que se arriesgan a dar posibles pasos de independencia. Lo sórdido que se disemina entre lo digno de mostrar. El aura del asesino mucho antes de cometer el crimen. El sentido recorrido por parte del autor tras las huellas humanas de sus personajes.

III.

Referirse hoy día a Jorge Franco Ramos es hablar sobre uno de los escritores favoritos de la comunidad lectora, amable y preferido por una crítica que se puede rastrear tras el colador selectivo hallado en su propia página por internet. Y sin embargo no deja de ser previsible escribir sobre su labor creativa. ¿Qué me dicen sus obras? Mucho. La sosegada inquietud por un misterio que yace tras una cortina de tela. ¿Pero cuál es esa indefinible incomodidad que permanece latiendo tras cerrar sus páginas? ¿Cuál es la razón por la que carga a un personaje con un tic verbal del que ni siquiera después de muerto se puede desbaratar? ¿Y esas incomprensibles diversiones sobre unos absolutamente específicos movimientos pares que les roban la luz a los impares? Pero me empiezo a dilatar en asuntos que se refieren al autor y no a su obra, editada, curiosamente, en una sencilla pero necesaria colección popular que, vaya, podría dar a una columna hirviente dedicada sólo a ella………………..

ENVÏO:

¿GGM habla en serio cuándo de pasar antorchas se refiere?

jueves, 25 de enero de 2007

DESESPERADAMENTE BUSCÁNDOSE A SÍ MISMO

Paraíso Travel
Jorge Franco Ramos
Seix Barral. Bogotá. 2001. 242 pp.

“La patria es cualquier lugar donde esté el afecto”


I. THE
LONDON INTERNATIONAL FILM SCHOOL

Angustiante, la tercera novela del antioqueño.

Rodeado de un aura mediática y editorial que lo ha sabido ubicar en el primer puesto de la fila que propende al trono que aún se niega a dejar El Patriarca, la palabra que se me viene a la cabeza cuando estoy en la mitad de las 242 páginas que conforman este volumen, es embuste.

Cuando leí su libro de cuentos “Maldito Amor” (Seix Barral, 2003), edición corregida y aumentada (y sobrevalorada), propuse a Franco como un novelista que utiliza los cuentos como meros ejercicios de calistenia para asumir la barbárica maratón de recorrer el trecho de una obra de largo formato.

Ahora, tras cerrar el volumen correspondiente a la segunda edición de “Paraíso Travel”, lo confirmo. Y al epíteto de novelista debo corregirlo y/o aumentarlo: guionista. (Recuérdese que Franco Ramos adelantó estudios en La Escuela Internacional de Cine de Londres)

Cronológicamente, el primer aviso de “Travel” es el cuento “Micos en el polo”, del libro “Se habla español –voces latinas en USA- “ (Alfaguara, 2000), que resume de manera atroz –por lo exacta- la futura novela.

El segundo round, entonces, es la obra en sí. La historia de una pareja de jóvenes adolescentes de Medellín que deciden aventurarse y buscar su futuro en Nueva York, aunque la realidad sería decir que quien busca afanosa y desesperadamente largarse de Colombia es la mujer, Reina, una mujer cuya fuerza, tenacidad y empuje, recuerda levemente a la heroína de su anterior novela: “Rosario Tijeras” (Plaza & Janes, 1999). Pero la obra no deja de mantener un aura de ¿innecesaria? durante el transcurso de la lectura. Y si fue publicada en 2001, se debió esperar 5 años para entender el chiste completo, porque la novela a todas luces yace incompleta:

El tercer capítulo es la película, con guión del propio Franco Ramos.

El muchacho necesitaba demostrar que su paso por Londres no fue en vano, y que sí, efectivamente pertenece a la generación visual, no vaya a ser que lo confundan con un escritor puro al que sólo le basta el plano quieto de la hoja en blanco adornado de los símbolos negros que representan las palabras para deslizarse leyendo.

Por lo que no me queda más que proponer algo: ¿por qué, si la novela está pensada, estructurada y escrita para ser llevada al cine, no se edita directamente el guión cinematográfico y así causa un mayor impacto por lo novedoso?

Pero sobre todo, provoca una ligera sensación de verdad y claridad entre el autor y el lector, tomando en cuenta a los difíciles intermediarios llamados editores.

La gente ya casi no lee, sería mejor educarlos para que al menos lean lo que van a ver.

II. CUATRO CAMINOS

Estructurada en cuatro tiempos diferentes, la novela –con los saltos temporoespaciales marca registrada de Franco Ramos- sirve como una inducción semi-posmoderna a la confusa literatura contemporánea.

Una línea, la del protagonista Marlon en un bus que va hasta Miami para encontrarse con su compañera Reina, a quién halló un año, tres meses y cinco días después.

Una línea sobre su apacible vida en Medellín, junto a sus amigos, familiares y Reina.

Una línea que cubre todo el proceso ilegal que desde Medellín los hace llegar a Estados Unidos, atravesando Centroamérica.

Y una línea que narra su difícil condición de alienígena en una ciudad bestial llamada Nueva York, y como logra sobrevivir entre el oleaje, hasta llegar a la orilla.

Pero la aparente complejidad no es suficiente para hacer de “Paraíso Travel” una obra interesante, porque todo es fugaz y repentinamente previsible.

Y al ordenar la historia de manera lineal, se encuentra una historia bastante superficial, repetida, carente de un sentido literario propio, paciente, y con afanes de llegar pronto a la pantalla grande.

III. EL HUECO

Cuando se lee a Medina Reyes, a Fresán, a Fuguet, a Bukowski, por ejemplo, se encuentran rasgos variopintos de un Vacío que rodea las vidas de quienes habitamos este extraño mundo, logrando una conexión identificatoria con ese germen de individualismos extremos, de catarsis sordas, de locuras ordinarias y cotidianas.

El vacío de Franco Ramos es diferente. Es el vacío que deja un hueco. Es la incompletitud de un paisaje que pretende crear, pero al que le hace falta la mitad, después de todo lo recorrido.

Un vacío hueco que Franco Ramos ya ha demostrado en obras anteriores pero cuyas intenciones: bisoñez, primiparadas, pocas pretensiones, se le perdonaban. Pero ya no. No es el momento en que se haya, en la discutible y elevada posición en la que se encuentra.

Porque “Travel” deja muchas inquietudes. No la clase de preguntas que quedan flotando en la célula lectúrica del paciente tras cerrar el libro, y que crea ese diálogo eterno entre el actor extranjero que se acerca a una historia y ella misma. Ahora las cuestiones son más grandes, gordas, gritonas, empezando por: ¿cuál fue la historia de Reina?

Aunque el protagonismo de sus obras está encargado a las mujeres, y aquí Reina no se queda relegada mostrada como una chica ambiciosa, firme y directa, tras ser quien se encarga de “obligar” a su novio Marlon de que se embarquen en el disparatado proyecto, luego queda estática dentro del recuerdo del muchacho que afanosamente la busca.

Y claro, la historia corresponde al lado masculino exclusivamente, por más que Franco Ramos pretenda lograr la canonización de una mujer, él no deja de ser hombre, y por eso sus narradores son masculinos. Débiles, sumisos, enredados, como sea, pero masculinos con ocultas intenciones de lograr la machera de sus tierras de origen.

Pero sí Antonio permanecía estático en el Hospital durante el transcurso de “Rosario Tijeras”, Marlon no se podía quedar quieto en la ciudad más grande del mundo, porque terminaría devorado por ella, o quizás loco, y para esa historia Mario Mendoza no estaba por aquí cerca.

Así que Franco Ramos acerca a Marlon a la orilla del restaurante típico “Tierra Colombiana”, y lo salva. Lo devuelve de la locura, le da un trabajo, le consigue una vivienda, le provee compañía y hasta una novia. Pero debe buscarse a sí mismo. Y es cuando Franco Ramos oficia de Dios. Le ha instalado un curioso chip que no le permite otra cosa sino pensar en rescatar a Reina de donde éste. Y es ese punto el centro de la novela, el lugar por el que un lector se puede colar y descubrir un territorio válido para guardar la obra bajo la llave de la no relectura, eso sí, a medio fuego.

IV. HOMBRES

Marlon, en su primera noche neoyorquina, agobiado por el difícil viaje que lo llevó al país del norte, sale de la estrecha habitación a la que lograron hacerse con los pocos dólares que les quedan, a fumar un cigarrillo; ignorando que el botar la colilla en la calle es un delito y con la mala suerte de que un policía lo vigila.

Marlon no hace otra cosa que responder a sus instintos, y corre, corre todo lo que le ayude a deshacerse de esa aprensión que le mantiene furioso el corazón, y cuando se detiene, se da cuenta de que se ha perdido.

Tras ser rescatado de las malignas y poco piadosas aguas de NYC, comienza de manera consciente la búsqueda de Reina, con tintes que rozan lo mentalmente disfuncional.

Y hasta cierto punto, el lector se haya entendiéndolo, porque ella era su pareja, su amor, su futura vida.

Lo patológico cobra sentido cuando una espiritista le confirma que ella está viva y que es posible que lo esté buscando de formas no desesperadas.

La clave se enciende cuando le dice que antes de buscarla a ella, debería tender por hallarse a sí mismo, puesto que está perdido. En la orilla, pero naufragando aún.

Con todos los signos externos en su contra, advirtiéndole que las probabilidades del encuentro son ínfimas, Marlon prosigue en su misión interna, hasta que una prostituta que viajó con ellos desde Medellín y que aparece de forma inesperada en un burdel neoyorquino, le ayuda a dar con su paradero: ¿cómo? ¿con quién? –seguramente la cooperación mágica otorgada en medio de la trata de prostitutas y su rotación por diversas ciudades de la Nación para mantener el sofisma de la “carne fresca”-.

Así que Marlon viaja hacia Miami, donde ahora ella vive, y tras darse cuenta de que ejerce como prostituta callejera, el narrador protagonista se da cuenta de que la separación forzada ocurrida un año atrás, fue por su propio beneficio, puesto que de haber seguido junto a Reina, la necesidades de progreso se hubieran visto disfrazadas de la frase: “¿Por qué no te matas?”, que ella pronunciaba frente a las situaciones más difíciles; y tras devolverle esa misma pregunta a ella, se haya a sí mismo sin ninguna dosis de temor, descubriendo que lo ocurrido en Nueva York en medio de colombianos, es ahora su vida, logrando esclarecer cualquier atisbo del borroso pasado que vivió desde que Reina le propuso –le obligó- que viajaran a NYC puesto que allí estaba el destino.

Y aunque la novela acaba ahí, lo más correcto de imaginar es que Marlon se regresa a su (nueva) vida en la capital del mundo.

Es curioso, pero a pesar de que el centro de toda la obra es lograr que Marlon se ubique a sí mismo, Reina vale poco y su vida vale menos, la vida de Marlon, instalado ya en NYC, toma un carácter perfecto y apacible que lo hace aún más interesante que el mismo viaje que realiza en un bus a lo largo de la costa este norteamericana.

V. CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES

Como siempre, Franco Ramos trata al amor como ese ente que “aniquila, acobarda, diminuye, arrastra y embrutece.”

Y cuando ubica a algún personaje en una relación que apunta a la benevolencia del buen resultado, en este caso Marlon vs Milagros, la decisión tomada por costumbre apunta hacia la condena del rompimiento, de la soledad, del retorno a las ya conocidas aguas bárbaras del descreimiento emocional.

El hecho de que Franco Ramos fuera un producto literario colombiano reconocido internacionalmente a causa del éxito inmediato con su anterior novela, provoca una pavorosa idea, a raíz del leve impacto que produce la lectura de “Travel”, y es que el Gobierno Colombiano, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, le propone la hechura de una obra que trate de mitigar la infinita avalancha de nacionales idos hacia el mundillo del norte en busca de mejores oportunidades disuadiéndolos por medio del arte, la cultura, la novela y la brusca colisión con la realidad.

En el caso de que el guión de la película sea pensado para servir como complemento de la poco afortunada novela, podría dedicarse una escena a tratar de entender a Reina, para así equilibrar un poco las cosas, aclarándolas y dándole el estatus que posiblemente se merecía a una obra que, quizás, tenga la fortuna de convertirse luego en una obra de teatro o mejor, una serie de televisión que integre, moralmente, la realidad nacional cruda y la realidad nacional folclórica, arrebatada y blanda.

ENVÍO: ATRAPADO EN EL PURGATORIO

Con “Travel”, no me queda más que relegar a Franco Ramos a un quinto puesto en la fila de quienes lo proponen como el digno escritor colombiano a sentarse en el trono patriarcal, pasándome por encima, como no, del mismísimo GGM, de los lectores, y de, vaya, la mayor blasfemia dentro de esta terrible e inoficiosa ecuación, los editores.


LITERATURA FÍLMICA

Rosario Tijeras
Jorge Franco Ramos
Bogotá. Editorial Norma. 1999. 192 pp.

“-Dios y yo tenemos malas relaciones-dijo
un día hablando de Dios.
-¿No crees en Él?
-No-dijo-.No creo mucho en los hombres.”

I.

Sí frente a la obra galardonada de un escritor, la presión, al momento de opinar sobre ella no logra reunir suficiente peso, ¿qué se puede sentir frente a una obra que ha sido premiada no una, ni dos, sino tres o cuatro veces?

Recuerdo la sensación de placer que tuve al hallarme frente a la oscura, criminal y atosigante “Mala Noche” (Fondo Editorial de Risaralda, 1997), de éste mismo autor, ganadora del XIV Concurso Anual de Novela Aniversario Ciudad de Pereira; ya comentada en una ocasión anterior.

La historia dice que Franco Ramos ganó una beca de creación del Ministerio de Cultura con “Rosario Tijeras”, y luego triunfó en la Semana Negra Dashiell Hammett, en 2000, en Guijón, España. Para cinco años después, hallar la magnífica versión cinematográfica. Sumado al apoyo del respetable público lector, que devora con un espectral espíritu caníbal, edición tras edición de la novela, tanto en los países de habla hispana como en el resto de orbe a la cual ha sido traducida.

¿Respeto? ¿Miedo? ¿Complacencia? ¿Sumisión? ¿Verticalismo? ¿Horizontalidad?

La única intención verdadera es acercarme a una obra hasta el momento desconocida para mí, sin prisa, sin enojo, sin rasgos de opacidades que puedan infligir algún daño frente al resultado. Todo depende, pues, de la limpieza absoluta que se tenga frente a la obra, junto al autor. Una vez puestas las cartas sobre la mesa, la partida comienza.

II.

Rosario Tijeras es una mujer nacida y criada en las comunas de Medellín, lo que implica una serie de eventualidades aparentemente comunes a aquel entorno: violencia, relaciones peligrosas, charcos de sangre, poquísimas oportunidades laborales y sociales, entre muchas otras, pero que, retomando el hilo del centro del asunto, llega hasta límites ignorados que median entre La Colonia y La República, traducido en la conformación de lo que implicó nacer, crecer y pertenecer a las tierras verdes -¿de todos los colores?- de Colombia, en su capítulo montaña: “La pelea de Rosario no es tan simple, tienen raíces muy profundas, de mucho tiempo atrás, de generaciones anteriores; a ella la vida le pesa lo que pesa este país, sus genes arrastran con una raza de hidalgos e hijueputas que a punta de machete le abrieron camino a la vida (..) Hoy el machete es un trabuco, una nueve milímetros, un changón (..) Cambió el arma pero no su uso. El cuento también cambió, se puso pavoroso, y de orgullo pasamos a la vergüenza, sin entender qué, cómo y cuándo pasó.” Una reflexión que abre todo un capítulo abismal para tratar desde el punto de vista sociológico, psíquico y cultural e histórico, que Franco Ramos aborda en un gesto que encierra el perdón al que se somete la protagonista de la novela, que no tiene que ver, cosa curiosa, con el amor.

“Entre más temprano conozca uno el sexo, más posibilidades tiene de que le vaya mal en la vida. Por eso insisto que Rosario nació perdiendo, porque la violaron antes de tiempo, a los ocho años (..)” Aquí, entonces, está el perdón contemporáneo, el de su propio presente, el del presente de todos los que tuvieron que ver el fallecimiento del siglo XX; porque la historia, como lo dijo su autor en la cita mencionada anteriormente, había cambiado los instrumentos de uso, mas no las reglas del juego.

“Las tijeras eran el instrumento con el que convivía a diario: su mamá era modista. Por eso se acostumbró a ver dos o tres pares permanente en su casa, además, veía cómo su madre no sólo las utilizaba para la tela, sino también para cortar el pollo, la carne, el pelo, las uñas y, con mucha frecuencia, para amenazar a su marido. Sus padres, y como casi todos los de la comuna, bajaron del campo buscando lo que todos buscan, y al no encontrar nada se instalaron en la parte alta de la ciudad para dedicarse al rebusque.”

Supongo que no sobra decir que el “apellido” Tijeras sale, precisamente, del oficio de su mamá, Doña Rubi, porque a los 13 años, un habitante del barrio alto del sector donde Rosario vive, la viola en una zanja oscura, reconociéndolo ella, y coincidiendo con él, por circunstancias que nunca la novela aclara, en la casa de Doña Rubi, cuando Rosario ya no vive más allí debido a disfunciones de comportamiento social, sino con su hermano, la única persona por la que puede sentir un amor tan natural como incondicional y poderoso. El fulano, que no reconoce a su antigua víctima, se lanza al cortejo de la bella y disfrazada de frágil Rosario, a lo que ella accede con el único propósito de vengar su íntima afrenta, seduciéndolo una tarde en que su mamá no está, llevándolo a la cama, acostándolo, desnudándolo, excitándolo, para a continuación, cruzarle las tijeras en su región genital, provocando el resultado que marcaría la vida de Rosario de ahí en adelante: “la niña ya se podría defender sola.”

Crecida en una comunidad cuya única salida era el trabajo para los narcotraficantes como sicarios, rosario acompañando a su hermano se descubre frente a los duros de los duros como un “bizcocho”, lo que le permite oficiar de dama de compañía cuando ellos la necesitaran, brindándole, a cambio, una nueva vida cargada de toda la plata del mundo.

La unión del mundo viejo rico con el mundo nuevo rico en las discotecas de moda de la época, provoca el encuentro de Rosario con Emilio, y con su inseparable amigo Antonio, en una fiesta que da inicio a la frenética y bipolar montaña rusa de la que no se volvería a bajar “la pareja de tres”, donde ella y Emilio eran los amantes, Emilio y Antonio los amigos desde la infancia, y ella y Antonio los confidentes capaces de hablar toda la noche, sin que sintieran el suave paso del tiempo.

La novela transcurre en Urgencias de un hospital de Medellín, a la que Antonio ha llevado a Rosario después de que le han dado un tiro, tres años después de la última vez que se han visto, en una respetuosa salida de reencuentro. Una noche eterna, pegada en las 4: 30 de un reloj de pared detenido, que ve salir el sol y la transformación de la soledad, los quejidos, la sangre y el vacío nocturno a una lenta, pero continua ocupación del centro asistencial.

Antonio en cada capítulo, como si fuera cada atisbo de regreso a la realidad, se da a la tarea de convocar, memorísticamente, la vida a partir del momento en que llegó Rosario.

III.

“Tener fe y esperar”

1) LA BALA

Es curioso, pero Rosario Tijeras no representa el paradigma de la novela sicarial. “La virgen de los sicarios”, de Fernando Vallejo, cumple mejor ese papel. Si bien algunos de los personajes ejercen aquel pálido oficio, su labor no es enfocada desde el centro, sino levemente rozada con leves guiños atrevidos cuando están en reuniones o festejos con sus parceros o familiares. “Rosario Tijeras” es, en cambio, una historia de amor capaz de crear un aullido profundo al ser un cerco de las mismas quejas repetidas una y otra vez, como si de una canción guascarrilera se tratara.

Porque si se trata de enfocarla como una obra literaria valiosa por el papel que cumple al reflejar una realidad cruda que padecemos permanentemente, como colombianos, sería mejor enfocar tal denominación a la página judicial de los diarios de provincia o a sesudos ensayos sociológicos que recogen, estadística y enfáticamente, las muestras de las perversiones violentas empleadas por el narcotráfico o el sicariato, o un par de títulos considerados clásicos dentro de ese mundo directo de los años noventa: “No nacimos pa´semilla” (Cinep, 1990), de Alonso Salazar, y “El pelaíto que no duró nada” (Planeta, 1990), de Victor Gaviria, con la diferencia de que mientras este par de obras queda relegada al olvido inducido por la directa implicación con la realidad, “Tijeras” permanece vital, como una figura anti-heroica, capaz de despertar anhelos, sueños y hasta identificaciones, capaces de transformar una vida. He ahí la fuerza de una obra literaria como esta; sin que ello implique el ascenso categorial de la figuradle sicario.

Franco Ramos, hay que reconocerlo, sabe limitar muy bien ese renglón que rescata su obra literaria de la no-ficción, al cubrir con un manto respetuoso, aquello que implique muerte, sangre, magnicidio o por su parte, prostitución.

2) EL AMOR

“Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte. Pero salió de dudas cuando despegó los labios y vio la pistola.”

El comienzo de la novela es tan desesperanzador como crudo. Y da los parámetros de lo que será el hilo conductor de la obra: el amor callado que Antonio siente por Rosario y que recuerda, como todo enamorado, cada vez que tiene la oportunidad de nombrarlo, que son casi todas, puesto que el amor vive y consume la humanidad invisible del narrador de la novela: “Si ya estaba perdido nada perdía con perderme”, es una frase que resume ese amor, porque, como lo dije antes, la novela es una canción guasca de cerca de 200 páginas, capaz, en algunos casos, de atosigar al lector con tanto melodrama (¿?) suelto sin compasión capítulo tras capítulo. Un tema en el cual se vuelve experto Franco Ramos, abordándolo en su primer libro, “Maldito Amor” (Universidad Central, 1996) y en su primera novela, la ya nombrada “Mala Noche”, siendo cada volumen diferente, pero con el común denominador de que trata al amor como un ente maligno, que “aniquila, acobarda, disminuye, arrastra y embrutece”, una idea con la que, por la tradición, se vive, se siente y se piensa, y dado el caso de que fuera diferente, es decir, el amor como una fuerza, una virtud, una golosina espiritual, la obra de Franco Ramos se borraría en un 90%, así como la gran mayoría de canciones populares pasarían por el filtro mágico del “borrar”.

3) LA OBRA

Alguna vez dije que Franco Ramos era ante todo un novelista, y que su libro de cuentos eran simples –a veces bien logrados- ejercicios de calentamiento para la prueba de resistencia aeróbica a la que el destino lo sometería. Su obra, imperfecta y bella, “Mala Noche”, ofrece un despliegue pirotécnico inolvidable de fragmentos poéticos que unen y crean en torno a los personajes y a la ciudad de ese entonces.

Pero aquí, en “Tijeras”, la poesía se disuelve, tornándose una, técnicamente, obra completa y respetable, incidiendo en el íntimo crecimiento que, como narrador solitario de largo aliento, ha adquirido el antioqueño.

Y aunque la novela ha sido reconocida a nivel nacional e internacional, no me parece un paradigma de la literatura contemporánea en Colombia, sencillamente, porque no carga con ese mágico componente que hace que algo sea trascendental, sino que se escuda en la dura realidad que nos visita y nos golpea, para lograr su objetivo, comunicar y dar a conocer desde una óptica creativa.

Por eso, si con “Mala Noche”, Franco se apresuraba a ocupar el trono patriarcal de esta literatura contemporánea que nos representa, con “Rosario Tijeras” ocupa el asiento fabricado por los medios de comunicación y hasta el momento, nadie o casi nadie (“Satanás”, de Mario Mendoza), lo pueden bajar de ahí.



HISTORIAS DE POLITONÍA

Maldito amor
Jorge Franco

Seix Barral.

La politonía es una respuesta ansiosa producida por el desespero.

Es el vano intento de salir de la monotonía a través de una serie de inútiles y desabridos métodos que vuelven a llevar al paciente a la monotonía disfrazada, ahora, de vía de escape.

Tratar de desprestigiar al vacío y caos maligno reinante en esta época es algo similar al pecado y culpabilidad cristiana. El mismo vacío se encarga, por lo tanto, de devolver su angustiante carga con el doble del peso.

Meditar, pasear, comer sano y fresco, reducir el consumo de…, alentar las relaciones personales, etc, todo eso es solamente una forma de tentar el vacío, de despertar al monstruo de diecisiete cabezas que yace en las cuevas de nuestras propias médulas espinales.

No. No hay quien se salve de ser tocado de la época en la que ha debido vivir.

Carga para algunos, necesario y quizás ventajoso para los demás. Como para un escritor, por ejemplo. Como para Jorge Franco, siendo más exactos y detallados.

Nacido en Medellín, en 1962, ganó el XIV Concurso Nacional de Novela Ciudad de Pereira, con “Mala Noche”; el Premio Internacional de Novela Hammett, con “Rosario Tijeras”, que ya había merecido una beca de creación del Ministerio de Cultura; invitado por GGM a dictar en la Escuela de Cine y Televisión, de San Antonio de los Baños, el taller “Cómo se cuenta un cuento”, en Cuba; y ganador del Concurso Nacional de Narrativa Pedro Gómez Valderrama con la obra que nos ocupará durante los próximos deliciosos minutos.

A veces, la profesionalización de la literatura sume en un caos de género al escritor que la practica. Es muy diciente que autores como Carrasquilla, Mejía Vallejo, Kremer, Castro y Pérez Gaviria, entre otros, dedicados casi de manera absoluta a los cuentos, no tengan el despliegue comercial y social que en la actualidad puede detentar un novelista, a no ser que como los dos primeros nombrados rompan las barreras del sonido temporal y sobrevivan navegando en las aparentemente eternas aguas de la literatura colombiana; caso muy diferente cuando del asunto contrario se trata: un novelista mostrando- quizá confesando- su régimen de ejercicios de calentamiento para obtener el estado físico necesario para acometer una obra de largo aliento, como lo puede ser, efectivamente, una novela. Sumiendo la obra en un muy posible baúl de rarezas, especial edición ultralimitada exclusivamente para coleccionistas y fans acérrimos del autor en cuestión. ¿Cuántos amantes de la literatura colombiana preapocalíptica obtuvieron la primera edición de “Maldito Amor”? ¿Y cuántos pasos llegó a evitarse Franco si no hiciera ese gesto lobbyco de entregarle la primerísima edición de “Rosario Tijeras” a aquella famosa esposa de ese otro aún más famoso periodista?

Así que después de la fama, correr riesgos es mucho más confortable, lleno de gestos que pueden presagiar un apasionado encuentro con el lector. Cargado de nuevos y remasterizados –digitalmente- relatos, la sonrisa del escritor, en la foto de la solapa, presagia las buenas voluntades que, 7 años después de la primera edición sacada del horno del Taller de Escritores de la Universidad Central. Desafortunadamente, a pesar de las buenas intenciones que los editores, la editorial, los improvisados críticos literarios y los lectores, la obra no deja de ser un intento, un impulso, un movimiento de una máquina que tarda bastante en iniciar su movimiento: tres, cuatro destellos que permiten que la lectura cumpla su cometido, que el efecto de las 4 velas encendidas iluminen el resto de relatos y las consecuencias directas del ejercicio poco pasivo de la lectura sean agradables: la agonía de la pareja de desconocido eminentemente sexuales en “Dos a las tres”; la triste condena del amor en el lugar equivocado de “La única noche de Golondrina”; y las dos partes de la historia de Juan, el travesti disfrazado de Marilyn Monroe en “El olor de los machos” y “Sirena busca”. Cuatro ejemplos a los que no se le pueden introducir el bisturí de la disección porque, tal como sucede con los especímenes más exóticos y delicados, desaparecen al primer intento de examinación. Y sin embargo, Franco es capaz de mantener en alto la bandera que demuestra que ahí en ese sector puede existir un territorio de posible valor: el retrato para nada fingido de una sociedad en pleno orgasmo mientras exhala el último estertor luego de una puñalada propinada por su amante en un órgano que provoca el deceso en menos de cinco segundos. Franco, me atrevo a decirlo, es un excelente fotógrafo, un aguerrido documentalista, un perfecto peón recopilador de historias mordaces, reales, aumentadas a través de un poderoso close-up orgánico, un denostado cronista del siglo XXI, una necesidad histórica más que literaria para hallar una pequeña parte del salón de capítulos de respuestas que le hurgue al país para saciar su sed de dolor, para acceder a los pocos grumos de calma que llegan posterior al descubrimiento de la verdad, partiendo desde un cuerpo sudado, agotado, abandonado dentro de su soledad, paciente en su agonía y reverentemente asqueroso: tal es el centro de la habitación del mundo literario de J. Franco, y desde ahí, y es otro de los puntos a tener en cuenta como favorables del antioqueño, es que de su prosa parten valiosas líneas capaces de sostener en sus espaldas el (oculto) significado de la literatura hecha en Colombia, aquella que despierta con una fuerza que de tan rebelde frente a su tradición (incluidos sus representantes), es capaz de guardar el respeto, la compostura y despertar las confianzas necesarias para hacer de sí misma una propaganda cultural producto de exportación intelectual, aún previsto para minorías, desafortunadamente: una literatura que parte del sector de tolerancia, que se alimenta de los excluidos sociales, que necesita con urgencia del dolor del desplazado social y emocional, y que palpita con demasiada fuerza desde lo popular, que bien puede ser hallado en la música, las fiestas, las telenovelas, los anhelos y expectativas por salir adelante desde un foso que no permite ir más allá de lo que la cadena lo permite.

Los personajes de este libro de cuentos parecen, sencillamente, deambular como agobiados seres humanos convertidos en espectros vivientes, cuyo sino es haber sido atravesados por la soledad que los conduce directamente a la locura.

El camino que tomaremos a continuación, nos llevará a una única salida: tirarnos desde una altura no inferior de 5 metros hacia el pozo donde nadan los personajes de Franco, un autor al que ya no vale la pena –entonces- cuestionar bajo la lupa tecnicista. En un juego en el cual estamos afortunadamente abandonados a la vida propia que detentan títulos, personajes, situaciones, elementos narrativos:

“Con tu perfume alrededor” es valioso como juego temporal/situacional. Un hombre empieza recordando al canario que tenía cuando era niño. Salta sin previo aviso a su vida laboral, donde una mujer pretende venderle perfumes. Salta sin previo aviso a su vida familiar, donde su padre ha abandonado a su esposa, donde su hermana ha “escapado” del hogar, donde él queda como “único habitante en el mundo extraño de mi madre”, confesando la sensación que debe experimentar al ser absorbido por el universo de ella: “la estrella que se chupó el agujero negro”. Una insana costumbre afectiva que encadena todos los sentimientos en la persona más cercana: el hijo. Salta sin previo aviso a su relación con el padre, moribundo en el único presente real del relato. Salta sin previo aviso a los diálogos que sostiene con su madre acerca de la mujer que lo visita todos los días en la oficina; la madre teme que el hijo la abandone cuando ha dispuesto, tal como la costumbre antigua de nuestras familias, que un miembro quede soltero para encargarse de los padres, para, en este ejemplo, se funda en un amor platónico para que la madre tenga a que aferrarse:

“-Esta noche voy a salir con Elisa, mamá.

-Si sales con ella me matas.”, la manipulación patológica que surge como instinto –fatal- de supervivencia, lo que produce que el hijo también asuma el amor como natural desde el punto de vista mórbido: solamente ha conocido el amor afectuoso y sexual con mujeres soñadas.

“Dos a las tres” es un diálogo a cuatro voces, cinco si incluimos la atentísima colaboración del lector. Tiene un comienzo hermoso: “Durante ocho años, todas las tardes, me encontraba con Lucía, a eso de las tres, en el Hotel Florida. Hacíamos el amor. Nos tenían reservado, a esa hora, el mismo cuarto. El doscientos dos. Había un ventilador en el techo, siempre quieto, donde al comienzo iban a dar el sostén y las medias de Lucía. Nunca lo encendimos”, en la voz del amante, que jamás revela su identidad. Otra vez son los diálogos entre ellos dos:

“-¿Qué hora es?

-Las cuatro.

-¿Las cuatro ya?

-Sí, ya deben estar por llamar.”, una manera fría pero exacta del recuerdo. Esta una voz dialogada tácita, fantasmal: ¿es un amigo del amante que tuvo la bendición del creador para participar en la trama? ¿somos nosotros lectores que hallamos la puerta abierta de par en par, entramos y no nos dimos cuenta?: “-Entonces ¿cómo fue que no se casaron?”, y está la voz del narrador, el aclarador, el fíltrico: “No les duró mucho el juego de la mente y el silencio. Sus almas, escondidas bajo el sexo, surgieron para reclamar sentimientos.” Un poco más espaciado que “Con tu perfume alrededor”, permite ir respirando mientras se van completando las piezas de un rompecabezas para manos inexpertas: una pareja se conoce en un bar y terminan cruzando la calle, urgiendo a la carne. Duran siete años en esos trotes. Cada día. A las tres de la tarde. En la habitación 202 del Hotel Florida.

“El olor de los machos” y “Sirena busca” son dos capítulos de una novela a lo sumo inconclusa cuyo personaje principal tuvo el coraje de sobrevivir a la mutilación del libreto: un conserje llamado Juan, hijo de una cantante de boleros de un cabaret, tiene una deuda con su vida, hallar el amor pleno y satisfactorio que la multidiva Marilyn Monroe no fue capaz de encontrar en vida. Por eso Juan, de noche, el momento en que salen los que tienen que “esconderle algo a la luz del día”, sale travestido con el “vestido blanco y escotado que cubre poco” a encontrar una mujer “que ame mi pelo claro, mis ojeras recubiertas, mi risa loca y trasnochada, mi deuda de canjear una muerte por una vida, mi compromiso de hombre y mi sonrisa de mujer (..) Busco a la mujer que pueda amarme como mujer sin dejar de sentir lo que siento como hombre, y que a pesar de mi boca pintada sobre su boca también roja, sepa que es un hombre el que está retozando sobre ella, que es un deseo viril sobre su humanidad femenina, que no importa que mis faldas y mis panties sucumban ante sus curvas cerradas y mortales.” Una opción no tan extraña del todo; una forma de sublimar el irrespeto masculino que le ha dado a la mujer durante tantos siglos de existencia conjunta. Y es a través de una situación bastante onírica en que Juan conoce a una dama, mientras su madre entretiene a un público ávido, con la que termina en una coyunda de proporciones inmortales e inolvidables, tanto así que siente que ha cumplido con su deuda al haber probado el inconmensurable amor, pero como suele suceder en los representantes del devastado género humano, el probar la felicidad no es suficiente para esa corta emoción no rota en una cinta de Moebious dentro del corazón de cada cual, además, la mujer extraña lo abandona y lo deja con la culpa de haber probado las mieles de la satisfacción. Y quizás sea esa una de las causas incomprendidas por las que personas gratamente reconocidas como pesimistas, agrias, depresivas y adictas al dolor y traumas khármicos, se suicidan: no porque no resistan el lado oscuro de la vida puesto que sus espíritus nacieron para habitar las cavernas de la oscuridad, sino porque prueban un ápice de luz, trampa mortal que crece a un ritmo endemoniadamente celestial hasta que estalla por dentro, creando un permanente anticorto circuito, es decir, dejar las luces encendidas sin posibilidad de apagarlas jamás.

En algún momento Juan confiesa que él mismo no entiende las razones y los motivos que lo llevan a travestirse. Pero una vez probado el amor, es decir, la luz, y sin saber que su opción natural era el apagarse bajo su propia mano, se abandona al destino callejero y poco vulgar del uso corporal público para que una bala le rompa la línea de las cejas. Es difícil saber qué sucedió en la vida de Juan de ahí en adelante. Su misión de redimir a Marilyn Monroe, cumplida, le hizo crear un personaje más acorde con sus instintos: una sirena, “mitad mujer, mitad pez espada.” Pero no es imposible imaginar una carrera que va, lentamente, viento en popa, lo que la obliga a abandonar la calle y ejercer la respetuosa profesión mediante el circuito cerrado de los avisos clasificados. De pronto es contactada por Marco, quien, buscando una mujer, llama a la Sirena. Y la Sirena también buscando una respuesta femenina, no tiene más salida que atender a la oferta hecha por un confundido y engañado solitario. La Sirena va a la casa de Marco a hacer el servicio, produciéndose un ejemplarizante instante de belleza relacional homoheterótica: intuyendo que Juan ha tenido relaciones con otros hombres en busca de su mujer, no sucede lo mismo con Marco, cuyo único vestigio de su historia homo nos remonta a un momento de su infancia en que tomó un labial de su madre usándolo sobre sus labios. La Sirena seduciendo al cliente, el cliente reticente a responder el llamado de la criatura acuática, y al fondo, siempre impertinente, un teléfono que no deja de sonar. “Estira los brazos y pone las manos muy cerca de mi cara. Rompe su rigidez doblando un poco una rodilla y sacando ligeramente la cadera. Toma aire, suspira, menea el pelo, con los brazos todavía estirados y sus manos a punto de tocar mi boca.” En un momento así hay pocas opciones, a lo sumo dos, y Marco opta por la más fácil, la que cuida la integridad de la persona: “Hoy no, tal vez otro día.”, para una vez salido de escena el travesti, desconectar el teléfono y quedar con la duda e imaginar “cómo hacen el amor las sirenas.” ¿Volvería a llamar Marco, el nervioso indeciso, a Juan? Es muy probable que sí. Fue esa la manera en que lo contactó, arrepintiéndose primero, decidiéndose (mucho) después. Quizá ya no bajo la luz manual del autor que aquí nos entretiene, sino de algún otro escritor, la novela segmentada y travestida de cuento, continúa con un primer encuentro entre ellos dos, y aún más allá, una historia que desata los nudos de algunas de las más precavidas confesiones –aún sin estrenar en público- debatiéndose entre las cajas de Pandora de un corazón mascado con las dificultades de un tiempo.

El mundo de Franco se empieza a vislumbrar. ¿Cuáles son sus puntos de repetición?

Las mujeres desconectadas de los cables emocionales de los hombres. Las mujeres como representantes del verdadero sexo fuerte. Las mujeres, muchas veces, como alcanzables sólo a través de los sueños. Las mujeres como plantas parásitas que ahogan la vida de su compañero, de su hijo, de su esposo.

El sudor, el calor, el cuerpo como ambiente, como telón de fondo, como muestra decorativa. El sexo como maná. Lo callejero, lo anodino, lo excluido, lo vil, como forma de rescatar lo bajo, como forma de salvar lo que nos rodea y lo que no queremos concretar como parte fundamental de nosotros.

¿Qué queda después de la lectura de “Maldito Amor”? Algunas preguntas, como la anteriormente confesada: ¿seguirán los sueños siendo parte vital/estructural de la obra del antioqueño? ¿será, siempre una, la mujer, la encargada de elevar el estandarte del poder, de la guía, de la potestad? ¿será, realmente como lo planteé al comienzo de este ensayo, un ejercicio de calentamiento de Franco para su verdadera labor como novelista? Cuyas respuestas, afortunadamente, nos la dará la lectura de la obra de este –ahora- archifamoso y solicitado escritor colombiano.


¡CUIDAO EN EL BARRIO!

Mala Noche.
Jorge Franco Ramos
Pereira. Fondo Editorial de Risaralda. 1997. 153pp.

“Pensé lo bueno que sería matarse
todos los días”

Es sumamente triste la primera novela de Franco Ramos. Triste y misteriosamente poética que deja un vaivén emocional en el lector, aminorando los agrios resultados que quedan al sumergirse entre sus páginas.

Ganadora del XIV Concurso Anual de Novela Aniversario Ciudad de Pereira, en 1997, comienza a pavimentar el sendero que llevará a su autor a un reconocimiento de corte mundial, a unas alabanzas de tipo nacional, y a un cierto estatus que glorifican el peligro de convertirse en un producto literario colombiano. ¿Necesario? Hasta cierto punto…hasta cierta época…

“Mala noche” narra la vida de Brenda, una dama de la altísima sociedad que abandona su vida pulcra y reconocida, por diferencias con su núcleo familiar, para arriesgarse a empezar a vivir holgadamente en una zona de tolerancia de la misma ciudad. Una ciudad donde jamás ha dejado de llover, y donde las gotas del preciado líquido no son más que motivos para acrecentar la infinita tristeza que parece circular por entre los seres que la habitan.

“Cuando tropecé con la cabeza de Rita pensé lo bueno que sería matarse todos los días. Yo ví cuando la degollaron. Un puñal salió de la oscuridad y de un solo tajo le dejó la cabeza colgando de un grito.”

Así empieza la obra, girando –en el miedo- de un asesino invisible que va decapitando a prostitutas y otras habitantes del sector donde se desarrolla toda la macabra historia, contando una serie de relatos que implican a los más cercanos personajes que la exiliada vida de Brenda tropieza: Román, el chulo gay; Trinidad, la prostituta de 52 años; Lorenza, la bruja que lee las cartas; Jorgito, el amante adolescente de Brenda e hijo de Lorenza; Silvia, la hija de Brenda en su antigua vida. Todas, de una sola forma, entrelazadas; la forma conocida como amor, que extravía a la protagonista y no le permite, jamás, regresar al campo de la claridad mental, que abandonó, a lo sumo, desde los 12 años cuando vio morir a su madre envenenada por su propia mano con los productos que halló en el botiquín de los primeros auxilios.

Franco Ramos, iniciando, ya se aventuraba a narrar los bajos fondos que poco eran explicitados dentro del mundo literario colombiano, y coincide, bárbaramente, con la obra “Scorpio City” (Seix Barral, 1998) del bogotano Mario Mendoza, al inmiscuir una mano asesina serial de seres que aparentan no tener el más mínimo valor, pero que detentan el centro sagrado y hermoso de las fuerzas que impulsan las historias correspondientes. Amén del guiño a los programas nocturnos radiales, verdaderas empresas bizarras que se enmarcan en las vidas de los cotidianos freaks que no suelen dar de comer al sol con sus propias almas, sino que sólo asisten como vitales habitantes de una máquina que gusta de la carne humana. Y sin que por ello, en algún caso, se piense en un plagio por alguna de las partes, sino que quede anunciado como la necesidad de visitar una temática, un mundo, unas vidas dignas de contarse desde la mano contemporánea de un grupo de autores que le inyectan una nueva dosis anímica a la literatura nuestra.

“Mala noche” muestra a un escritor en ciernes que aún duda de su talento, mostrando una serie de pecadillos técnicos que irán corrigiéndose con el tiempo, pero que en ningún momento aparentan facilismo o desfachatez, y sí, un encanto lo-fi maravilloso que traduce un primer trabajo hecho, luchado y parido en condiciones despóticas, infrahumanas y salvajes.

Si debiera recomendar esta novela a algún grupo de personas, lo haría siempre y cuando no tengan la presunción de hallar una obra maestra. Es, definitivamente, un comienzo. Un inicio mágico, majestuoso y –lo repito- talentoso que sólo podrá ir llevando de uno en uno –ya sea por escalones o por títulos- a su autor a una cima que aún no tiene a un patriarca sentado en el trono mayor. Pero que Franco, por historia, estructura, poesía y realidad, va en pos de alcanzar, ayudado, también, por el útil apoyo que el lector común está dispuesto a brindarle.