lunes, 23 de diciembre de 2013
Meditation Before The Kill
Jorge Cadavid
Común Presencia Editores. Bogotá. 2013. 147 pp
Justo hoy que leía a Lapacherie, me dio por recordar a Alan Moore y su intrínseca relación contemporánea con la magia.
"El verdadero acto mágico es ser capaz de escribir tu propia ficción", dice, y me recuerda a Jacotot, al ser declarado loco que traducía soledad. Todo en un vastísimo mundo subcutáneo al que ya es hasta peligroso dedicarle un espacio de momento íntimo sin el riesgo de ser tildado deschavetado.
Es cierto que el sueño sigue ahí, vivo, y el artefacto inerme que somos cuando dormimos, más que la muerte ahora asemeja la siguiente realidad.
¿Hará frío en el infierno?
¿Habrá compañía en el vacío?
Lo terrible con un libro de esta clase es demanda lentitud, tanto para la lectura como para la asimilación. Y al declararse "Diario íntimo", la madurez o los intereses del autor, lo desvían de la vulgaridad con que se asume el día a día escrito en un mundo desvastado como éste.
Así que ya ante el aviso de diferencia, el aumento del deseo no se reduce ante el eco presencial de un silencio bicurioso que emerge de cada una de las entradas diarias.
Como tejerse a unas palabras distantes en algún tiempo/espacio inhóspito y sentir no obstante la brisa fresca de quien expresa lo que habla.
Y cuando Vila-Matas habla de la literatura escondida, oculta , vuelvo a sentir la tibia presencia de la magia escrita desde el planeta Moore y sospecho que esa revolución que alguna vez quiso ser conducida para afuera, no es más que una salida no considerada para insistir en la pelea muda.
Y juro que jamás había sentido tal empuje ante la versión oscura de lo más desconocido, porque para aprender a caminar bajo la sospecha, lo mejor es refugiarse mientras los dinosaurios terminan de quemarse a sí mismos.
No anhelar nombre alguno, puesto que el reflejo de cada línea lo indica todo, al seducir lo que resta de distancia
viernes, 6 de diciembre de 2013
MONARCA (en el reino de los ciegos)
Jorge Cadavid
Común presencia. Bogotá. 2011. 89pp
Ahora parece aclararse el tiempo en que al oír veíamos al unísono, quedamente, tan callada, tan a propósito de la ruina, tan destacable en la mudez del cielo entrando a entre nos otros, atisbando la humedecida sonrisa, quieta como pálida, el fuego del hacer "deeeentro de míiiiiiíiii´íiiiiiiiii´´´´íiiiiii" subyugado por la nube niebla orillada en sí misma, la luz, la vela, el coágulo marchito en la nausea instrumental del desierto en vilo, orilla de fuego, claridando en el mundo, múltiple y estrella, mudez de nieve, mientras por la ventana vigila la sin razón lo impronunciable.
Antojo de rendija, caos en la luz, frenética frecuencia en el relato abierto deshecho, sin miras más allá de la noche calcada eterna, sumergida en la quietud de mi aliento, nuestros síntomas enfermos, disuadiéndonos de aborrecer aquel dolor del riesgo enraízado en las afueras del núcleo de paz y ardor que dormita entre nosotros.
Al mirar tu rumor ascender, susurra la ansiedad indefinida, paisaje vago entre las ruinas de las sombras que también alguna vez fuimos…
Lo veo todo porque lo compuse todo
sábado, 25 de diciembre de 2010
“CEREMONIA DE NUESTRA ETERNIDAD”
HERÁCLITO INASIBLE
Jorge Cadavid
Editorial Pontificia Universidad Javeriana. Colección poesía. Bogotá. Agosto de 2010. 106 pp.
¿De qué hablamos cuando hablamos de poesía?
Me atrevo a dar tres respuestas, muy personales en todo caso: de sonido, es decir, del ritmo, del eco, de ese tenue sonido que queda al cerrar un libro o repasar un encuentro con un objeto poético que ya se conocía. La segunda, es la geográfica; confieso que no puedo desligar mi GPS natural a momentos claves en torno a la poesía. Y la tercera, la que lo une todo, resulta ser el silencio. Ese Genio, ese Don, ese Absoluto Ser Misterioso.
La poesía –Gómez Jattin la definía como algo más que un simple destino literario- escoge a sus lectores. Lo delicado, y a veces inexplicable, es que no todo el mundo se acerque a ella con esa impúdica reverencia que parece exigir, que confunde y altera.
Sin embargo, como suele suceder con el jazz, a veces más que etiqueta o estados diversos o patatín patatán, lo que ella pide es complicidad.
Poco importa ser un Thomas Stern Eliot, un Octavio Paz, un Alberto Caeiro o un, ya lo dijimos, Gómez Jattin.
Lo curioso es no recordar los primeros buenos momentos de un encuentro.
¿Cómo habrá sido el primer amanecer visto en brazos de mi madre? ¿Me asustaría la primera tormenta eléctrica? ¿Dije algo ante la primera noche estrellada?
Esa fuerza tan escondida dentro de uno, lo lleva a perderse en caminos confusos de la memoria, que no es más que otra forma de vivir directo y exclusivamente para la muerte, esa reina.
De Jorge Cadavid, recuerdo tomar anotaciones de su “Ultrantología”, hace ya algunos años, y repasar como quien no quiere la cosa tanto “El diario del entomólogo”, como “Un leve mandamiento”, en circunstancias adversas en épocas de guerra, en trincheras asfixiantes y huyendo de la mendicidad como del fuego.
Su eco, ya lo dijimos, quedó en latencia, aguardando las condiciones meteorológicas exactas para salir a la superficie.
Como algunos peces cartilaginosos, probamos primero con la boca para luego degustar o rechazar aquello que nos urge.
De 2003 a 2008 hay un buen trecho en según qué edad.
No me quejo. No puedo quejarme, mejor dicho. No tengo por qué.
Tras hacerme a unas cuantas copias de sus títulos, y haberlo visto recitar en dos o tres ocasiones, sabía ya a quien enfrentarme y qué esperar de él.
Su fuerza, por momentos, es enceguecedora y mágica. Podría nombrarla como derviche y sufí. Como mística y fibrosa. Como silente y palpitante.
Enemigo de las jerarquías, podría sin embargo nombrarlo como el poeta más importante de la nueva generación –nació en 1962 en Pamplona, Norte de Santander-, pero haría estallar de la ira a más de un enemigo del azar y persecutor del bastón de mando de la mentira.
*
Hace ocho días, tuve ocasión de leer su (Antología personal) titulada “Fragmentos del silencio”, y quizás porque estaba de pie esperando a una cita, o porque a cada página que pasaba el cielo se volvía más y más gris, y sin huir de aquel lugar, cada poema –que ya había leído en alguna ocasión- me resultaba inquietante a manera de refugio.
Esos insectos, ese silencio, esa búsqueda atemporal, el cielo, el silencio o la misma botánica, “los círculos en el agua” o “la piedra desnuda.”.
Al terminar, casi sin darme cuenta, y sin haber concretado el contacto para mi cita, me importó poco o nada el cruzar la calle y entrar a beber algo a la tienda del frente.
Lo importante, quizás, había sido el hecho de que sobre cada plataforma de musgo, mis pies ya levitaban, por lo que la simbiosis era fuego puro, fuego de una dulzura exquisita.
Cabe decir que “Fragmentos del silencio” (Caza de libros, 2010) se editó en julio, un mes antes de la edición oficial de “Heráclito inasible”, un título que poniéndole orden a los mapas, sigue el espacio ocupado por “Tratado de cielo para jóvenes poetas” (Universidad de Antioquia, 2008). Libro que, valga repetirlo, cuenta una suerte de historia celestial.
La poesía de Cadavid, a menudo, se acoge a términos como silente, murmurante, callada, suavecita.
Términos que perfectamente corresponden a sus poemas, si hablamos del aire, de la luz solar que se cuela por las ventanas, de una fruta o de las huellas de algún insecto sobre el agua.
Agregaría, también, el tacto y su palpitar. O la testigicidad ante una luz que empieza a caminar sobre una mesa, o una inquietante pero perpleja alegría que se asoma desde muy dentro, desde muy muy dentro del poeta.
“Y silabea el agua/que está en el principio/y en el fin de todo/y que produce formas”, susurra en “Agua”.
Si bien me fue bien leyendo a Cadavid en una calle bogotana, podría decir que el mejor lugar para su poesía es la memoria. Caminar y recitar de a puchitos, nadar y recordar palabras, cantos, voces, sitios. Tumbarse a dormir, escapar al influjo del cielo, cercar al pasto con la mano.
No recuerdo una poesía tan orgánica, tan humana dentro de lo fisiológico.
A veces siento que las palabras son fractales del tiempo: nubes o aire, gotas de agua o emancipaciones del sueño.
Sospecho que su obra empezará a entrar en el Mausoleo de la Poesía Colombiana disfrazada de musgo, de hongo, de líquen; de hormiga, de espejo, de mariposa; de paisaje o de recuerdo.
Lo intrigante, por otra parte, resulta ser esa advertencia en “Lieder”: “Estoy en la vigésima octava/letra del alfabeto/y dices que escribo poco”, de la que poco o nada podemos comentar hasta nueva orden.
Silencio, Erik Satie, eternidad, Giorgio Morandi, lo bendito, Federico Mompou, la luz, cada verso, alguna hipótesis, “el último final”, su “primer principio”, las constelaciones, la fuga…
Esa es solo una fracción de la labor de este agricultor.
Cuando el mapa luzca invisible, entonces lo entenderán, mientras tanto, “los versos pasan silenciosos como las sombras” …, y nosotros leemos, que es una forma discreta de construir.
Estamos hechizados…callados, pero hechizados…y aun así, danzamos al ritmo de estos cantos, lo que implica seguir
sábado, 2 de mayo de 2009
“DELIRIO LUMINOSO”
Jorge Cadavid
Universidad de Antioquia. Medellín. Octubre de 2008. 106 pp.
XVII Premio Nacional de Poesía por Concurso Universidad de Antioquia 2008
UNO NO DEPENDE DEL OTRO UNO DEBE SER ESE OTRO
Luis Caballero pintó el mismo cuadro durante toda su vida. Buscaba, no sin cierto afán, una excusa procurada para rozar la perfección.
Esa insistencia, marcada muchas veces con la sangre de la soledad, con el propósito serio de una duda o algunos gramos de oscuridad, es la que define a algunos artistas.
“El resto es la demencia del arte”, decía Truman Capote.
Pero lo que queda, como coágulos sencillos, palpitantes todavía después de que todas las voces visibles se han marchado, eso es lo que vale la pena, la recompensa para tanto esfuerzo y búsqueda, mucha de ella inconsciente.
Hablar de poesía no es nombrar poetas. Decir poesía es convocar un universo que sigue inexpugnable, sencillo, provocador, lateral y afortunado. A veces sus puertas grandes y abiertas despiertan las sospechas de los personajes del común, y prefieren cruzar –a manera de orden- las otras salas de la invisibilidad.
Hablar de poesía en un país como Colombia puede resultar peligroso. Provocador. Incluso tierno. Melancólico. Mudo. Entrañable.
Sobre todo cuando ya casi nadie parece creer en esos seres…humanos.
Mejor para ellos. Mejor para el paisaje. Mejor para las instituciones. Mejor para la historia que no tendremos la posibilidad de asimilar con nuestra saga normal.
Y hablar de poesía implica una atención especial, un tempo exquisito, una posición que de personal provoca sorpresas o hallazgos íntimos.
La cordura se ha quedado guardada en algún cajón destinado a leer el siguiente capítulo de otra cosa, a lo sumo narrada.
A veces la palabra quema. Aunque viva quieta.
Jorge Cadavid es un delirante individuo que ha cruzado toda la década publicando un libro casi cada año, y dándose el gusto de ir borrando su historia bibliográfica personal con el expreso fin de no acumular un vasto titulaje que podría incidir en el estado mental de cualquiera que se dé el gusto de acercarse. Amable, como pocos, lo que hace es ir reuniendo y ordenando, entregando, produciendo o rescatando, hallando o clasificando, incluyendo, para después hacer un hatajito y brindarlo a aquél ser sediento de algo bello y justamente necesario.
Tras seis volúmenes, este invaluable Tratado es la ocasión para mostrar algo enteramente inédito y si bien repasa los temas que siempre suele tratar –el vuelo sin fronteras entre el interior y la vida natural que se respira comúnmente y que no en pocas ocasiones se guarda con cierta facilidad en el olvido-, tanto la idea del libro como lo que palpita dentro de él, es una nueva puerta que conduce a un reino diferente: ya lo había hecho en 2007 con “Herbarivm”, un libro que recopilaba toda su poesía que tuviera que ver con las plantas a manera de homenaje a José Celestino Mutis. Aquí, el homenaje, es a esos alumnos atentos que pretenden seguir un camino que sea capaz de romper con algunos tipos de formación que verdaderamente enclaustran y determinan un diferente tipo de conocimiento o comunicación de ideas.
Para el aprendiz de entomólogo y naturalista, esta parece ser una nueva escala dentro de su Misión. A diferencia de los acostumbrados –y no por ello inválidos- avisos a jóvenes poetas, en los que la prevención marca una señal de comienzo en el camino, aquí lo teórico se invisibiliza dando lugar a un alimento designado por la verdad para cruzar el libro. En lugar de decir o indicar, se planta la fe de la vida, la exitosa posibilidad de caminar, respirar y recordar, de estremecerse, de habitar, de sentir: el cielo como un papel en blanco, las nubes como un mensaje verdadero que debería servir como plataforma para reacomodar nuestra historia, los pájaros como seres diminutos convencidos de su poder que sobrepasa al del ser humano porque tienen alas y le huyen a la razón, y finalmente dentro de la pequeña y corta escala, el poeta que debe empezar a asimilar su propia naturaleza con los ojos bien abiertos para dentro, para descubrir las zonas en las que la siembra es posible que se dé sin que necesariamente se atenga a la fecha específica de la cosecha.
ESPÍRITU QUE NO QUIEBRA SU VOLUNTAD DE SER LIBRE
¿A qué suena el silencio que habita detrás de los poemas de Cadavid? ¿Y por qué algo de lo que dice ese silencio logra incrustarse más hondo que la misma palabra que forma el poema? ¿Qué voz –mágica y sinuosa- es la que habla como eco después de haber dejado el poema en la página anterior? ¿Es posible que sea alguno de ellos el que hace ese ruido cuando todo aparentemente está en calma? ¿Es este libro un instrumento especial para entrar a ese estado vital que se requiere para soltar el poema? Es decir, ¿para permitirle respirar? ¿Descubrir el verdadero significado del vacío? ¿Una fe lateral para mantener el hechizo vivo? ¿El compromiso de dejar afuera (casi) todo lo conocido para dejarse conducir por ese viento silente tan fuerte que conduce de celda en celda, de gruta en gruta, provocando una revolución mental que obliga a una suerte de abandono para ser recibido en una zona etérea que guía por los vastos territorios vírgenes del ser, con un cuartel general desconectado, pero auxiliado por los otros controles vigentes con la condición de no ser detectados por una noción convencional, porque las enseñanzas aquí impartidas son una tanto más heterodoxas.
VISLUMBRAN CON SATISFACCIÓN SU PRIMERA DANZA
La Misión que va y viene, que cruza y se permite la detención por temporadas para acondicionar la palabra que se acomodará en el futuro palpable, a veces callado.
La emoción incluida en aquél secreto que contiene la savia de la palabra.
El presente voluble. La eternidad danzante indicando un destino.
Callar. Habitar ese momento. Contemplar. Descubrir las raíces que pronto siguen su camino natural. Incluir. Permitirse la libertad, la vocación del equilibrio latente. O el estado pasado que habla:
CIELO PROTECTOR
Recoge el agua
y el viento en todas direcciones
Pasan nubes a toda velocidad
y pájaros debajo de esas nubes
y hombres sin vuelo
debajo de esos pájaros.
Si se presta la suficiente acogida al libro, se “trazarán círculos en el agua”, y justo cuando la hoja –contemplación- deje de habitar el blanco, “el poema residirá en el exterior”.
“Una sola vela podrá detener toda la oscuridad del vasto mundo”.
En eso radica el poder de la poesía. Y por eso la manera en que se intenta –y algunos lo lograrán- éste (afortunado) acercamiento a una orilla de un océano invisible y apabullante.
Síntomas reales de la voz que contendrá la historia cuando dos o tres generaciones posteriores la repasen.
(Contiene samplers de: “Despertar”, “Hoguera”, y “Espíritu que no quiebra su voluntad de ser libre”. Respectivamente de: Dar A Cada Uno Lo Que Es Suyo, Otra Alternativa y Xterminio)